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April, 2007 Pajaritos PreñadosPajaritos Preñados150407.01
Tenía un poco de calor. No tenía aún signos de resaca. Qué bueno, pensó. Terminó de despertar celebrando en silencio. Había valido la pena la visita al Bar Bacoas, sobre todo para él, que sólo escuchaba rock en inglés y pensaba que el reguetón era una blasfemia lastimera. Por supuesto, mejor ocuparse de lo que había que ocuparse: ¿Diana? ¿Adriana? ¿Ariadna? No importaba mientras no se despertara, pero seguro que lo haría pronto. Es decir, más le valía que se despertara, porque ya tenía ganas de ir al baño, ducharse, ser persona de nuevo, y quitarse de encima ese olor a cigarro y la sensación del ron en las encías. Pensó que los recogelatas no tienen esas preocupaciones, pero tampoco tenían su suerte, que bien podría convertirse en mala suerte, también. Dos tipos nuevos llegan al lugar, ven a tres tipas, todas están buenas y parecen dispuestas, contacto visual, sonrisita, un trago, aceptan, otro, se acercan, conversación estúpida, más conversación estúpida, ¿Diana? ¿Adriana? ¿Ariadna?, ¿qué más da?, música fuerte, ya sé que tienes cómo pagar, tranquila, y yo no soy machista tampoco, pero mis amigo sí y va a creer que tú me estás pagando los tragos a mí y entonces me va a molestar en la oficina, diciéndole a todo el mundo que soy un tacaño… Déjame pagar a mí, al menos por hoy, por favor, preferir otro lugar, el apartamento es mejor, el portón de la entrada está dañado, otra vez, hay que dejarlo abierto, buscar condones, ella tiene condones, qué suerte, tirar, una vez, dos, qué bien no tener que decir te quiero al final del polvo, nada más mirarse y ya, otra vez, y ahora a dormir, sólo que el silencio mutuo cobra su precio a su debido momento, como en ese preciso instante, en el cual parecía que ella despertaría. ¿Diana? ¿Adriana? ¿Ariadna? No hallaba su reloj, no estaba en la mesita de noche, donde siempre lo ponía. Estará por ahí, pensó. La tipa no tenía mala pinta, o pinta de tener malas mañas. Tira muy bien, se felicitó nuevamente, qué tino al elegirla. Serían las 8 o las 9, tarde para seguir en casa ajena (como para una mujer de su edad, se aclaró a sí mismo), pero seguía durmiendo, apacible, con su cabello amarillo regado por toda la cara y sobre el pecho de un tipo que no sabía ni la hora y ya le preocupaba el destino de su reloj… y el teléfono celular. La muchacha despertó y le miró a los ojos, que le parecieron tan raros. Negros, muy negros y grandes, y la boca y la nariz tan juntos, se le pareció a un cachorro de foca, como de documental. Hola, le dijo, y él le contestó de vuelta un ¿dormiste bien?, al cual ella sólo repuso un ahjá. Se despejó un poco los ojos, y se sentó sin decir más nada, tapándose con la sábana, pero él no pudo sino verle la espalda, cuya única señal era una marca de bronceado, pero como de no haber ido a la playa en meses. Luego pensó que ese era el tipo de tipa que, seguramente, sus panas le iban a querer robar. Le dijo que durmiera un poco más, que no importaba, y aprovechó de ir al baño. Lo primero que hizo fue buscar el reloj. 8 o 9, coño. Le había parecido mayor, la noche anterior, pero ahora se veía de no más de 25. Se sentó en la poceta, y casi al mismo tiempo pensó en no hacer demasiado ruido, por mera vergüenza y porque no estaría mal verla otra vez, claro, mientras la repasó mentalmente: Tetas naturales (sí, se dijo categóricamente: son naturales), sin vellos, buena piel, buen olor. ¿Diana? ¿Adriana? ¿Ariadna?, tendría que haberle preguntado, se dijo a sí mismo, pero no le parecía correcto. Luego pensó que qué carajo, igual se habían conocido la noche anterior y si se veían otra vez bien, y si no también, se paró, se terminó arreglar y salió hecho persona, de nuevo, aunque con un dolor de cabeza leve. Ella ya estaba a medio vestir y le pidió prestado el baño. Se lo ofreció y aprovechó para buscar el reloj y el celular. No los consiguió y por un momento pensó en revisar el bolso de la tipa. Claro, no para buscar objetos perdidos (se reprobó duramente por pensarla capaz de robar, así como de su propia intromisión en la cartera de alguien más) sino para saber cómo se llamaba realmente, porque ya pronto no sería más elegante (se corrigió agregando apropiado) llamarla Linda o Gorda o Flaca o Catira o Bonita. Abrió el clóset, cogió un short, una franela y un par de zapatos y cuando se le ocurrió, otra vez, hurgar en el bolso de Diana-Adriana-Ariadna ya salía ella del baño, agradeciendo tímidamente, y le pareció, esta vez, bonita, o al menos más que la noche anterior, y creyó o dudó que la gente se viera mejor recién salida del baño. Ambos se quedaron en silencio por un corto momento, suficiente para que él pudiera pensar en si le haría desayuno, a pesar de no recordar qué tenía en la nevera (primer signo evidente de resaca, se dijo), o más bien podrían ir a la panadería, pedir algo, pero sería otro problema, porque entonces tendrían que hablar más y él no tenía demasiadas ganas de estar hablando ni nada, pero también se sentía un poco comprometido con su ego, ya que la tipa había tirado tan, pero tan bien, y él se había sentido cómodo sin decirle mucho y porque sentía que el mérito era mucho mayor ya que no había bebido tanto: cinco rones no le hacen nada a nadie, se dijo dudando si sólo habían sido cinco, y ella le había parecido lo suficientemente sobria también, y si no es que le pidió la hora, mientras agarraba su pequeño bolso medio elegante, se habría quedado ahí, parado, pensando en pajaritos preñados y la invitó a ir a la cocina mientras preguntaba en voz alta dónde habría dejado el reloj y el celular, diciendo además que debían ser las 8 o 9, o 10, a lo mejor, a lo cual ella no repuso nada sino que le preguntó si podría darle un vaso de agua, a lo que él le respondió que sí, claro, y acto seguido buscó un vaso, le sirvió el agua y sintió unas repentinas ganas de volver al baño. Como pudo, ignorando los cólicos, la hizo devolverse a la sala, sentarse y le preguntó que qué música prefería. No tenía preferencia, le dijo, agregando que podía poner cualquier radio, que estaba bien por ella. Puesta su estación favorita, 96,9 fm, se disculpó con ella y volvió al baño. Era diarrea, fuerte. Al dolor se le agregó un pequeño factor de angustia, debido a la desaparición del reloj y el celular, que no estaban en su sitio habitual, y estaba ella, una perfecta extraña, en la sala del apartamento, posiblemente saqueando el sitio (se reprendió nuevamente ese pensamiento, qué bolas tengo, se dijo), si no que además podría haberle puesto algo en el trago y ahora él tenía esa diarrea y ese dolor. Se sobrepuso lo más dignamente que pudo y salió a la sala, donde la vio tan tranquila (tranquilidad asesina, pensó, y alargó luego tranquilidad roquera asesina, por preferir esa estación de radio), mirando unas fotos de la familia de él. Ella le dijo algo sobre el encuadre en una de las fotos y él le preguntó si sabía algo de fotografía, ella respondió que trabajaba como fotógrafa en un periódico en Barquisimeto, sin decirle cuál, y agregó que hacía algunos años había posado para un fotógrafo alemán, y le dijo el nombre pero él no tenía ni idea ni interés en el hombre. La vio sonreír por primera vez en la mañana y recordó que la noche anterior, 8 o 9 horas antes, o 10, ¿dónde estarían el reloj y el celular?, la había visto tan risueña con sus amigas, tomando tequila, y ahora estaba tan callada y él tampoco sabía qué hacer ni decirle hasta que ensayó la clásica fórmula de la invitación al café, a lo que ella se negó diciendo que prefería té. ¿Y ésta, será que se cree inglesa?, pensó él. No había té en la despensa, ni siquiera té instantáneo, y se disculpó, y ella le pidió una manzanilla, cosa que, por suerte, si era posible, ya que tenía alguna bolsita en algún lado. Buscó un poco, sintió ganas de ir al baño y la dejó en la cocina, a cargo de las infusiones. Quién era capaz de preferir té al café, después de todo, pensó, y sin bajarse aún los pantalones se dijo a sí mismo que podría forcejear con ella si trataba de matarlo y rió un poco imaginándosela a la salida del baño tratando de degollarlo con el cuchillo que tenía en la cocina, que era tan malo que una cebolla podía mellarlo. ¿Diana? ¿Adriana? ¿Ariadna?, se preguntaba mientras estaba sentado en la poceta. Un estruendo, un escándalo, incontrolable producto de los cólicos, le hizo sentirse miserable, y más aún porque esta vez ella se acercó hasta la puerta del baño y, llamándole por su nombre, le preguntó si se sentía bien. En ese instante la tesis de conspiración-robo-envenenamiento que involucraba a Diana-Adriana-Ariadna cobró una vigorosa relevancia, ya que mientras hablaban en el Bar Bacoas ella ya sabía su nombre, y posiblemente dirección y demás información para robarle o matarle, o ambas cosas, y entonces los cólicos se hicieron más agudos, por nervios o veneno, pensó, mientras Diana-Adriana-Ariadna le volvía a preguntar si se sentía bien o si quería que llamara a alguien. Nada de eso, dijo él, levantándose de la poceta, y agregó que no, que ya estaba mejor, mientras que del otro lado de la puerta sonaba un teléfono celular: el de ella. No pudo distinguir lo dicho en la conversación, aunque fue sonoramente risueña, porque la poceta hacía mucho ruido al bajar el agua. Salió pálido y sudoroso, visiblemente nervioso y ella se le acercó, con una actitud un poco menos impersonal y tímida, y le dijo que mejor fuera él quien se tomara la manzanilla. Luego le preguntó si podía usar ella el baño, para darse una ducha, y él palideció diciendo que sí, que por supuesto, mientras iba rápidamente de vuelta al baño para prender fósforos y usar un ambientador de lavanda que tenía para esos casos que no eran nada fuera de lo común. Diana-Adriana-Ariadna pasó al baño, tan linda, pensaba él, pero tan roquera y asesina, pensaba también, y mientras tanto trató de repasar mentalmente los hechos de la noche anterior, cuando se conocieron y él se le presentó sin escuchar realmente su nombre, y tampoco interesarse demasiado por las otras dos amigas restantes, que lucían tan entretenidas con su amigo. Luego un baile, el capítulo de la cuenta y el machismo, un beso, la invitación de él y la aceptación de ella para ir a otro lado y luego terminar en la cama, sin reloj ni celular porque, lo recordaba ahora, los había dejado en el asiento trasero de su carro, producto de unos tragos de ron que, reconocía ahora, no habían sido tan pocos ni tan ligeros. Y ahora eran las 8 o 9 o 10 de la mañana, coño. Al salir del apartamento, sonó nuevamente el celular de Diana-Adriana-Ariadna y ésta contestó gentilmente, pero el sonido de la ducha no le dejó tampoco esta vez saber de quién se trataba o qué decía. Salió al estacionamiento y, en efecto, ambos objetos estaban dentro del carro. Eran las nueve y cinco. El portón del estacionamiento aún abierto, observó para maldecir a la junta de condominio. No tenía llamadas perdidas ni mensajes de texto, y deploró su falta de convocatoria o popularidad, además de no tener saldo para llamar o pasar mensajes, en ese fin de semana largo. Sin embargo, sintió un breve lapso de alivio por el hallazgo, pero de inmediato volvió a sentir ganas de ir al baño y corrió al apartamento. Diana-Adriana-Ariadna se estaba duchando aún, al parecer, y ya el agua de la manzanilla hervía. Las ganas de ir al baño iban en aumento. Temerario, gracias a la urgencia, decidió ir donde el vecino y pedirle prestado el baño. Tocó el timbre, no hubo respuesta, volvió a tocar y ya no podía aguantar más. En eso el vecino apareció, demasiado dormido para parecer despierto, pero eso no detuvo al urgente, quien lo apartó de un nada amable manotazo que más bien era una súplica por llegar rápido al baño y que al final tuvo un desenlace satisfactorio. Mientras tanto, el invadido vecino se dispuso a prepararse un café y prender un cigarrillo para olvidar un poco el ruido que salía de su baño, cosa graciosa para él. Su vecino jamás había hecho una cosa como esa, pero podía comprender y aceptar las emergencias gástricas como cualquier otro. En el baño, al parecer, todo se había normalizado ya, a pesar tenido que volver a sentarse en dos ocasiones más debido a otro conato de dolor, pero, en general, se sentía bastante bien. No sabía como encarar la amabilidad de su vecino, su propia falta de consideración al no pedirle permiso, la llamada apurada, el manotón de despeje de vía, sin contar que Diana-Adriana-Ariadna estaba en el apartamento, sola, esperándolo, quizás para acuchillarlo o echar uno rapidito antes de no volverse a ver más, o ambos inclusive. Vio a su vecino, se disculpó por el madrugonazo, bromearon un poco, el vecino ofreció café pero recordó la diarrea y le dijo que esperara un poco mientras le buscaba algo para los cólicos. Se entretuvo un poco viendo unas revistas que estaban en el sofá mientras el vecino le hablaba desde su cuarto, sobre algo del trabajo y que requería de su ayuda, pero él no le estaba prestando atención pues seguía pensando que Diana-Adriana-Ariadna estaba sola, en su casa, en su baño, y que a lo mejor ya no quería matarlo, sino invadirle el apartamento con dolor de cabeza y todo, y llegó su vecino y, tras darle la pastilla, le mostró unos libros contables con algunos asientos corregidos a lápiz, los cuales fueron debidamente explicados con las dudas relativas al caso, pues la resaca, Diana-Adriana-Ariadna y la diarrea no le dejaban pensar claramente. Se despidió de su vecino y salió al pasillo, resuelto a preguntarle el nombre y si sus intenciones eran pacíficas. Así empiezan algunas guerras, se dijo. Entró al apartamento y no escuchó nada en el baño. Silenciosa asesina roquera, pensó. Se sentó en el sofá a esperarla. Podía aprovechar y llamar a su amigo, para preguntarle el nombre de Diana-Adriana-Ariadna, quien sí sabía su nombre, y pensó que qué raras son las mujeres, que pueden saber cómo se llama alguien aún con mucho ruido o mucha caña entre pecho y espalda. Se levantó y fue hasta la puerta del baño, para preguntarle cómo estaba o si necesitaba algo. Nadie respondió. Volvió a tocar. No había respuesta. Pensó que podría haberse muerto en el baño, todo estaba demasiado callado. Abrió la puerta: No había nadie. La buscó por todo el apartamento. Desaparecida. En la mesa del comedor encontró una notita, hecha a lápiz: Una disculpa, un número de teléfono, y, por fin, un nombre. Sonrió como por dos minutos. Mejor salía a comer algo y compraba saldo para el celular. March, 2007 Vainas de Perro ChiquitoVainas de Perro Chiquito06032007
Yo sí les voy a decir, cuando vengan con su consuelo pendejo, que a mí Patricia me dejó única y exclusivamente porque le daba la gana, o le daban la gana a ella su mamá y la tal tía Matilde, y no por otra cosa. La gente no ve la trama completa. Verá la novela, la comiquita, pero nunca le para bola a la trama. Patricia se antojó un día de quererse ver las tetas más grandes y yo cometí la idiotez de decirle que así se veía bien (y en verdad se veía bien), pero no: qué riñones tenía yo en decirle que se veía bien, desconsiderado, si lo que yo quería era ahorrarme los reales de la operación porque sencillamente no pude cuadrar una excusa creíble al corredor de seguros para ocultar las tetas nuevas con una apendicitis inocente. Claro, como yo vivo pendiente de otras vainas nunca vi venir la fulana promoción de ese pedazo de cereal que sabe a anime y que promete acabar con el estreñimiento en 48 horas. Me guardo mi opinión, pero bastó con que los genios del mercadeo coronaran la bazofia ésa con la promoción “Enhiérrate con MaxEnérgico”. A quién se le habrá ocurrido semejante barbaridad de poner unos implantes de seno en una caja de cereal, decía yo, pero a mi mujer le pareció que era su oportunidad de oro para lucir como la Pamela o la Aida o la Marta. Así que comió y comió el arroz inflado como para inflarse ella misma, sólo que el estreñimiento no pudo atrincherarse como para llenar ciertas partes y yo me gané dos días sin cena por hacerle ver que unos senos esculpidos no valían tanto viaje al baño. La maldición gemela recayó en la familia, sí, sólo que quien se las ganó fue la esposa de mi hermano, lo cual exaltó las pasiones más bajas de Patricia. No habían terminado de sacar a mi cuñada del quirófano cuando ya Patricia estaba ahí para ver de cerca el milagro, y, por supuesto, llevó a sus infaltables secuaces, madre y tía. Entre las tres ya estaban gestando el plan. Yo, por otra parte, me fui con mi hermano a tomarme unas cervezas al mismo sitio que íbamos cada vez que paría un muchacho más. Esta vez fue otro parto, emocional, claro está, pero el tipo estaba de lo más emocionado porque a estas morochitas podía acariciarlas y consentirlas sin alborotarle la casa con reguetón ni pedirle el carro prestado para ir a la peluquería. Mi hermano me presentó a Patricia hará cosa de veinte años, cuando trabajaba sacando copias en la Universidad. Me dijo mi pana, tengo a la tipa como las que te gustan a ti: bajita, medio catira, tetoncita, risa linda, te va a gustar qué jode ese perro chiquito. La vi, me gustó, pensé que iba a estar detrás de ella meses y resultó que en dos semanas ya estábamos empatados y felices. Y no había carajo más enamorado que yo hasta hace un año, cuando empezó el karma de las tetas. Se miraba en el espejo, se las subía, se las bajaba, me decía que un día me iba a conseguir a una más joven que ella y hasta ahí me iba a durar el amor. Al principio la ignoraba, pero cuando le dije que así estaba bien, como ya dije, la fijación fue creciendo más y más, aparte de ser apoyada por el par de viejas insoportables en cuestión, que se aparecían con presupuestos y fotos de la artista tal o cual que había, también, conseguido la fuente de la eterna juventud por medio de la mamoplastia, que cada vez es más segura, barata y sin efecto residual, además de ser el segmento de industria que más ha crecido en los años de recesión económica. Mientras tanto, yo no me explicaba cuánto había cambiado Patricia o en qué momento dejé de tomarla en cuenta a ella y sólo me veía a mí mismo admirando sus leves ratitos de histeria y malacrianza, torcidas de ojo, celos repentinos, el mal humor mensual, comidas extravagantes e inconformidad ante la falta de oferta de las poses sexuales que ofrecía un “Kamasutra para tontos” que había comprado aquella vez que fuimos por primera vez a la playa y yo dije Dios mío, este es el mejor culo que me has podido mandar. Y agradecía yo todos los días hasta que descubrí que la tipología de Patricia era de lo más común o que yo, como por cosas del destino, tenía un ojo preferencial por las Patricias. Todas caminan y hablan igual, pensé, así que debe ser lo mismo estar ahí o aquí o allá. No estuve en su operación. No quería ver a las brujas. Llegué a la casa tarde y llamé a la clínica para ver cómo había salido, pero colgué cuando la mamá cogió la bocina. De seguro me iba a salir con que qué bolas, tanto trabajar y yo seguía siendo un asalariado de poca monta, incapaz de pagar un seguro decente que pudiera hacer la vuelta por la operación cubierta por apendicitis y diciéndole a Patricia que ahora sí, con latonería nueva, podía acceder a un mejor macho que yo, un pobre pendejo que parecía un carro chocado. Cuando fui al cuarto me di cuenta que Patricia ya me había dejado. Uno no se lleva toda la ropa o zapatos o artículos de belleza o la vajilla que nos regaló la vieja Matilde de matrimonio y que nunca usamos porque nunca vinieron invitados de talla al apartamento para una convalecencia. A los días la vi de lejos, con una blusita pegada, como una quinceañera, se veía de lo mejor, como cualquier otra carajita del Centro Comercial. Hasta el sol de hoy no me explico por qué todo me ha dado tan igual. November, 2006 Los Osos PandaSin duda la culpa sería de su padre, quien le siempre aconsejó que, a su edad, lo que más le convendría era una mujer poco inteligente, pero cariñosa. Alvaro suspiraba y pensaba qué difícil ha de ser. Mujer y bruta, decía para sí, eran palabras que él no metería en una misma oración, pero su padre le insistía en que se consiguiera una tipa “como de adorno”, que poco importaba, inclusive la inestable noción de amor que sólo dura de 12 a 18 meses (en el mejor de los casos). De todas formas, Alvaro no confiaba del todo en los criterios profesionales de su padre, quizás por aquello del cuchillo de palo en la casa del herrero. Tampoco se sentía solo, o al menos no necesitado de compañía íntima. A alguien, no recordaba a quien, le había robado la autoría de la frase soy como un camello sexual, que más bien tenía el encomio de ser como un oso panda. El día que conoció a Valeria estaba a horas de cumplir 35 años. De alguna forma se había acostumbrado a la presión del entorno: Estás viejo, cásate, ten hijos. Tenía una reunión de trabajo que se convirtió en celebración de víspera y en unas rondas en un bar a medio llenar. Ahí vio a Valeria, de la mano de un tipo, pero no sintió celos o ganas de presentársele, no, porque sabía, y no sabía cómo lo sabía, que esa mujer era el adorno que su padre le había enseñado a reconocer. Antes de terminar la velada ya le había sacado varios datos: Valeria, estudiante de arquitectura, huérfana de madre, número de teléfono. Pasaron dos meses. Valeria era una tonta perfecta, bella y buena en la cama. El padre de Alvaro estaba encantado. Los amigos ponían cara de por fin, Alvaro, por fin. Alvaro sentía el peso y el alivio de tener esa cara. Al año se casaron. Como a todo matrimonio, les llegó el fatídico día de no tener nada qué decirse y Alvaro maldijo secretamente esos tales químicos que no dejan que la gente normal siga creyendo estar enamorada. Se esquivaban, se dormían inmediatamente después de hacer el amor, las siestas se prolongaban y visitaban a sus amigos más a menudo, también. Valeria fue la primera en hablar. Alvaro, así ni siquiera vale la pena tener bebés, le dijo, mejor será separarnos. Acto seguido cogió unas obras completas de Dostoievski y se puso a leer. En ese instante, Alvaro descubrió que estaba enamorado de su esposa.
September, 2006 ResoluciónEnsayó una última manipulación: “¿Tanto daño te hice? ¿No puedes ni siquiera mirarme a los ojos?”, gritaba, llorando, pero él ya no le hacía caso. Era un perro feliz y libre. November, 2005 AparienciasApariencias 181105.psputnik
No era tan alta, pero en pantalla lucía como una jirafa. Era muy pálida, la mirada era muy esquiva, no se daba con nadie. Los productores del programa apenas hablaban de su origen, lo cual era un misterio para todos nosotros, que no hacíamos sino verla, maravillarnos con lo que hacía y de pronto burlarnos un poco de su manera de caminar, siempre con cuidado de no dejarnos sorprender por nadie de la gerencia. Nadie le deseaba mal, y me atrevo a decir que nadie le desaba bien tampoco. Hacía mucho calor ese día y entró al estudio rápido porque venía tarde. No faltó quien dijera que había sido un pasmo, porque apenas dieron la señal de grabar movió la cabeza, caminó un poco, como si estuviera borracha, y cayó haciendo un ruido tremendo. Todos nos quedamos petrificados, no sabíamos qué hacer, luego alguien gritó ambulancia, otros le llevaron agua. Ya no había nada que hacer. Los veterinarios más destacados no pudieron identificarla bien, ni por fisiología ni por carácter. Hay cebras así, supongo. November, 2005 InsistenciaInsistencia021105. Psputnik
Hay un punto en el cual la leche empieza a agriarse y uno sabe que ya hay que botarla, como cuando la fruta se pasa. Así lo sentí yo, pero sé que ella lo sintió antes por su natural perspicacia. Por eso terminamos casi de común acuerdo. Al principio juzgamos -yo más que ella, en realidad- que no debíamos vernos más pero al tiempo me buscó y me dijo que no por no ser pareja debíamos dejar de ser amigos, pero cuando las cosas se empecinan en cambiar aborrecen los recuerdos. Le dije que no me llamara y no me hizo caso, a pesar de haber sido duro con ella y pedirle que ya no lo hiciera más. Ella siguió y siguió, terca. Cambié de número telefónico y aumentó sus acosos. Me cambié de nombre y huí lejos, pero la muy tenaz me consiguió, y me dijo que por qué no podíamos mantener nuestra amistad, si de algún modo ella era quien era gracias a mí. Entendí con fastidio que lo mejor era matarme. Ahora, cada 15 días me hace llamar con un médium y me dice que vuelva con ella, que se siente sola y culpable. Hay gente que no puede entender que le están sacando el culo. August, 2005 El HumildeEl humildeAtrujilloR.040505
Pasó mucho tiempo renunciando a sí mismo, al ego y al orgullo. Un día, por fin, logró su cometido y dijo soy humilde. En ese instante, en pago por su afirmación, le fue retirado ese don.
June, 2005 MijaresMijares Atrujillo 290605
Mi nombre no importa, hoy puede ser Carlos, Alberto, Benigno, pero mi apellido es Mijares. Nadie se fija nunca en un personaje secundario. He leído de mí en varias cosas de Alexis Trujillo, o Atrujillo o Alexis Trujillo R. o Pepín Sputnik, según le provoque, pero no digo nada. Me menciona y ya, de relleno. Una vez fui Luis Mijares y sólo recordaron que yo trabajaba en promociones de productos y hasta celebraron que me iba bien con las promotoras que me conseguía. Me es difícil imaginarme bailando o tirando con una promotora (¡Por Dios! No tengo ni la mano ni la paloma para tirar ni un pajazo). Ni siquiera sé si soy alto, calvo o gordo o si tengo lentes, porque Alexis me esquiva y le sigo siendo recurrente. En estos días iba a volver al ruedo: un personaje se llamaba Juan Mijares y era actor de televisión, un poco mayor, quizás, pero a última hora a Alexis no le pareció mejor sino llamarlo Juan Müller, cosa que, viéndolo bien, hasta le agradezco. Entre todos los personajes los menos tratables son los que tienen que ver con el cine o la televisión. Se la dan de una vaina. No sé por qué Alexis la cogió conmigo, por qué me nombra si igualmente no voy a hacer más nada sino figurar de lejos. No soy yo solo, sin embargo. Cada tanto aparecen unos niños. Los llamamos Los Morochos, pero nunca aparecen juntos. Se alternan y a veces les ha tocado duro, pues deben hacer de bebés o niños pequeñitos, con actitudes de falsete. Viven diciendo cosas de él, como si lo conocieran mejor que el resto de nosotros, y disfrutan de aparecer a cada rato en sus cuentos, el uno o la otra. Lo que Alexis hace es escribirnos y ya, y una que otra vez nos sentimos bien por él cuando otra persona nos lee. Cada vez que él nos lee todos queremos lucirnos, cosa que no pasa con otro, pues somos y ya está. No hay nada como ser uno mismo a pesar de ser tan poco. O secundario, como es mi caso. A los Morochos sí les afecta, claro, porque son como niños, y se desviven por Alexis, como si fuera su padre. Hasta los que no tienen nombre (Protagonistas muchas veces, a quienes llamamos Los Anónimos de tal u otro cuento) y quienes han salido sólo una vez en las historias de Alexis saben, como yo lo sé también, que sí favorece a los chamos. Parece que se sintiera culpable por algo, porque hay también muertos y asesinos. Y zancudos, siempre hay zancudos. Pero me he desviado del tema. Como iba diciendo, soy, precisamente, mi apellido. Es lo único constante o visible en mí, por lo cual pienso a veces que no soy más que eso. El problema es que ahora, ahorita mismo, estoy hablando y pensando. Estoy siendo, por decirlo de manera cartesiana. No sé si digo las cosas porque Alexis las haya puesto en mí o si las pienso a partir de los cuentos de él en los que he estado y de los que me han dicho los otros (Nos reunimos en un bar aquí cerca, con un parque para Los Morochos y televisión por cable, no importa si uno no bebe, y hablamos). En verdad que no sé por qué soy así o tan siquiera por qué soy. Estoy seguro de que Alexis tampoco lo sabe. Si lo supiera no pondría a ciertos personajes a pasar por ciertas situaciones. Cuando cambió Mijares por Müller aún no lo sabía, pero luego me consiguió en otro lado y se sorprendió. Recordó que estaba aquí y allá, y se dio cuenta de que lo estoy observando, por lo que perdí mi condición furtiva. Ya lo sabe. Puedo sentirlo. Ahora está escribiendo otra cosa y cada vez que lo haga me sentirá venir y me eludirá sólo mientras pueda. Ahora piensa en mí y ya no seré un personaje secundario, no. Después de este texto no puedo volver a serlo. Alexis sabe que lo estoy vigilando. June, 2005 Foto con Müller, por favorFoto con Müller, por favor Alexis Trujillo Reinefeld, 260705 Para Adriana Briceño
Necesitaba una fotocopia de la cédula y en tres sitios había visto que no servía la máquina. Entró a la librería y la halló desierta salvo por un jovencito que veía televisión casi hipnotizado hasta que él le dio las buenas tardes, interrumpiéndole así su programa. El jovencito se le quedó mirando largo rato, como reconociéndolo. Sin inmutarse, vainas de muchacho, pensó, le extendió la cédula y le pidió una copia. Luego apareció una señora y puso la misma expresión. Ya la cosa era como para ponerse nervioso, ya el hombre pensaba que tenía algo en la cara o en los dientes, y volteó para procurar que eso no le estaba pasando. Ya tenía suficiente con lo de dar veinte vueltas para una pobre fotocopia. - ¿Usted es Juan Müller? ¿El de la novela?- le preguntó la señora. Sonrió con alivio, pues pensó otra cosa. No tenía nada en la cara ni en los dientes, bien. Les dijo que no, gracias por confundirme con un actor pero no, no era él. Le dijeron que se parecía a Viejo Moro, el de la novela, y ya él sabía de qué se trataba, pues había que ver la cantidad de gente que estaba viéndola y comentándola. El muchacho leyó la cédula: José Martínez, dijo en voz alta, y el hombre contestó soy yo. Casi terminada la transacción, en la televisión aparece un avance de la novela en cuestión, “La Guaricha”, y aparece el tal Juan Müller, el cual es idéntico a José Martínez. Vuelve la incomodidad al ambiente. El hombre dice ahora que sí, con sorpresa, que son dos gotas de agua, que hay que ser ciego para no darse cuenta, pero que él no es ni por casualidad el actor, mientras que los dependientes de la librería dicen que sí es, que por supuesto que sí es, pero Juan Müller es el nombre artístico y no el real, porque, claro, José Martínez es así como de pueblo, pues. Martínez se molesta un poco con el comentario, pero no lo demuestra. El muchacho le pide hacerse una foto con él y la señora con su teléfono y Martínez se niega. Ellos le imprecan que los artistas son así, dados al anonimato, pero que su secreto está bien guardado en la librería. El aún les dice que no, que no es ningún Müller, que no le gusta hacerse fotos, pero accede porque sabe que es la única manera de salir impune de la situación. Se hace la foto, siente un poco de vergüenza porque José Martínez no es nadie con quien se quieran sacar una foto sino con Juan Müller, alias Viejo Moro, como el de la telenovela ésta cuyo avance acababan de pasar otra vez. Es igualito a usted, igualito, volvieron a decirle, y él volvió a aceptarlo, con fastidio y quizás con un chichón en su aplastada autoestima. Ya de salida entró otra señora y dio un grito de alegría. Eso no podía pasarle a José Martínez, no, y ahora, dos veces en un día, y los de la tienda le dicen ¿verdad que es igualito a Viejo Moro? Acto seguido la señora nueva llama a su hija, que está afuera, para que venga a ver a Müller, a Viejo Moro. Lo que queda es resignarse y aguantar con una sonrisa, pensó Martínez, porque de igual forma le iba a ser difícil salir si se formaba una algarabía que no lo dejara terminar sus diligencias para volver al trabajo. La hija de la señora era bonita y simpática, pero lo vio de manera incrédula. Se le presentó y le dijo que él no podía ser Müller, porque era más gordo. La señora de la tienda le respondió que la televisión aumenta 5 kilos, que por eso es que se ve flaco, pero que sí es él. Martínez no podía decir nada ya porque estaba preso de un grupo de fanáticos que no podían dar crédito a que la cédula no fuera suficientemente legítima como para hacerles ver que él era José Martínez. La madre de la muchacha le pregunta por Clara, la protagonista de la novela, y si ésta va a darse cuenta de la traición de Rodolfo Andrés, el capataz que está enamorado de ella. El muchacho le responde que ellos no van a quedar juntos porque ya lo había leído en el periódico en una entrevista que le hacían al guionista de la telenovela. Mientras tanto, Martínez había querido hablar con la muchacha, que le parecía cada vez más bonita, y no había podido lograrlo, sobretodo porque ahora había dos personas señoras y otro señor más que habían entrado al ver el alboroto y que reconocieron a Viejo Moro en la librería. En fin, casi una fiesta en la cual ahora apareció el primer papelito para estampar un autógrafo. Esgrimió la peor excusa: no tengo bolígrafo. En medio de la librería, una literal lluvia de plumas acogió al cada vez más agobiado Martínez, pero la salida que había previsto exigía ser un poco más agudo. Siguiendo la corriente, empezó a estampar “Viejo Moro” por cuanta servilleta, libreta o cartón que le presentaron, además de haberse hecho un par de fotos con una niña y dos morochitos que le trajeron también, locos por decir que conocieron al señor de “La Guaricha”. No sabía de dónde salían tantos teléfonos con cámara. Además de lo lleno de la librería, la bulla y la conversación acerca de la trama de la novela, la muchacha estaba cada vez más distante. Una señora pasó y le dijo Müller, Müller, estás más bello haciendo de viejo que antes, y le estampó un beso en la mejilla. La muchacha vio la escena y puso cara de desagrado, y él quiso pensar que se trataba de celos. Como José Martínez, sabía que ella le haría muy poco caso. Pensó en hablarle, invitarla a salir, pero cómo se interesaría ella en un abogado que no ejercía… Al nombrar su profesión recordó la diligencia que tenía que hacer. Tres y media, ya no había tiempo para llegar a la notaría. Los 15 minutos de Warhol le habían cobrado su precio, además de revelarle de nuevo un rasgo oscuro de su personalidad, una timidez inusitada que afloraba cada vez que una mujer le gustaba. Esta vez no sería así, pensó. Siguió la corriente a la reunión de fanáticos y evitó todo tipo de comentarios comprometedores sobre la trama de la novela, la cual a él no le gustaba para nada. Vio colgar a la muchacha y caminó decidido hacia ella. Le habló torpemente, al principio. Resultó que era profesora de inglés, que se llamaba Cristina y que casi no veía televisión, salvo los ratos que pasaba con su madre. En esto los interrumpieron para unas fotos, un comentario de la madre y tres autógrafos. Siguieron hablando y, por fin, Martínez pudo invitarla a tomarse un café o al cine. Cristina sonrió pero no respondió, lo cual lo puso tenso. Ella alegó que no sabía cómo podía ser salir con una estrella de la televisión pero que sí, que sí lo intentaría, que la llamara el jueves entrante a ver qué tal porque a lo mejor no tenía clases y se despidieron. Martínez sólo tuvo que lidiar con dos viejitas más, despidiéndose cordialmente y regresándose luego porque no tenía ni la cédula ni las copias ni había pagado tampoco. Pero tenía en su poder el teléfono de Cristina y algo le decía que a ella le había gustado él también. Abrió el carro y vio la hora y pensó que fue mucho mejor no haber llegado a la notaría pues ahora podía llegar a la casa y darse un baño y de repente comer algo antes de ir al canal a grabar la novela. Excusa perfecta para volver a fumar
Excusa para volver a fumar Alexis X Trujillo Reinefeld. 190605
El carro no era para ella, no, se lo reclama diciéndose entrépita, entrépita, pero vio el vidrio rayado, se vende, teléfono tal, cogió el teléfono, llamó, buenas tardes, estoy detrás suyo y quería saber si podía ver el carro por dentro ¿cuánto pide? Silencio. El interlocutor le dice señora, hágame un favor, siga al carro y hágale señas de que quiere hablar con la que está manejando. Perdón, señor, pensé que era usted quien manejaba, le dijo ella. No, es mi esposa, pero quiero hablar con ella, por favor, le dijo el tipo. Ella obedece, cambio de luces, corneta, corneta, la tipa baja el vidrio, como que está llorando, es difícil de decir, y ella le dice a la mujer que su esposo quiere hablarle. Mire cómo me puso ese coñoemadre, le dice, y le muestra el otro lado de la cara, con un morado grandísimo. El tipo le dice, no le crea, señora, siempre se hace esas cosas para hacerme quedar mal a mí, ella no le contesta, le insiste a la tipa a que se detenga, no le hace caso, sigue, el tipo le dice que por favor lo deje hablarle, que no puede vivir sin ella, que tienen dos carajitos juntos, pero ella tiene que esquivar unos malabaristas y una ambulancia que le pasa por un lado, déjeme hablar con ella, por favor, señora, usted debe ser una madre también, y cuánto se equivoca el pobre, creyendo en pajaritos preñados y que nada más por llamar a preguntar un precio de un carro ya, automáticamente, una es madre, qué vaina con esta voz ronca, pero no, no se para y no quiere coger el teléfono, ¿no entiende? Cruza el carro hacia la autopista, lo alcanza, le vuelve a decir hey, amiga, quiere hablar todavía con usted, piense en sus hijos, le dice, ¿quién coño te crees tú para hablarme de mis hijos, ah?, mira como me puso ese coñoemadre, ese hijodeputa, mire, yo sé que no es mi problema, pero es que está al teléfono, ¿qué?, sí está al teléfono, dígale que se vaya para el coño de su madre, que me deje en paz, ese degenerado, que se busque a su compadre para que se lo coja, y él que está oyendo, le pide a ella dígale que eso fue un accidente, que era porque estaba estresado, se lo dice, la tipa se ríe fuerte, feo, y le responde que lo que estaba era drogado, que la dejara tranquila. Ella, que no tiene por qué seguir persiguiendo el carro, ni que hablar con el tipo, que tiene que llegar a la casa, cuyo divorcio nunca fue un problema, entre otras cosas porque no tuvieron hijos nunca, y no por su parte, sino por él, que siempre andaba pendiente de cogerse a cuanto culo se le atravesara, menos a ella, le dice okey, okey, okey, arreglen ustedes su asunto, y cuelga, respira profundo, ya salió de esa, tremendo cuento, deja que se enteren mañana en la oficina. Y el teléfono suena. Es el número al que llamó. Ya no ve el carro de la tipa, ya no le interesa, no responde el teléfono. Vuelve a sonar. Pasan 10 minutos, una canción de Mecano, vuelve a sonar el celular. Lo apaga. Ay, qué pesado: Ella bailó esa canción con sus primos mayores. Estas vainas me pasan a mí, a mí nada más, piensa. Ya no volverá a hacer un favor ni llamar a un desconocido, no señor. Ultima vez que lo hago. Se para en la panadería, marrón oscuro grande, se queda mirando los cigarros, pero tiene meses sin fumar, no vale la pena volver a coger el vicio, no por esa pareja. Se da cuenta de haberlos llamado pareja. Pareja. Prende el teléfono, el café está muy caliente, carajo, un mensaje de voz: Mire, ayúdeme, nadie quiere ayudar, he tratado de dejar el perico, ya ella se lo dijo, pero no puedo. Milena me ha dicho que lo deje, por los niños, pero ella también se metía, coño, ella sabe que dejar la vaina no es tan fácil. Llámeme, ayúdeme a recuperarla. Ese dependiente es nuevo, el café sigue caliente. No sabe qué hacer. No quiere hacer nada, en realidad, pero ahora sabe que el tipo quiere volver con Milena, que tienen hijos, que tienen problemas de drogas, que están vendiendo un carro, coño. Suena el celular, no es el tipo, contesta, es de la oficina, preguntan por unos papeles, no recuerda la principio, luego les dice, llamada en espera, es el tipo, no contesta, sigue con la oficina, sí, Marcela, qué te cuento de lo que me pasó ahorita, sigue hablando y hablando y el tipo insistiendo e insistiendo, ya no tiene sentido hablar con la secretaria, va a creer que me gusta hablar con ella, piensa, y cuelga. Un cigarrito no estaría mal, después de todo. No comprar toda la caja entera, no, pero si le pidiera uno a alguien, uno solo. Vuelve a sonar el teléfono. Es el tipo. Esto va a ser muy largo, fastidioso. Le contesta. Haló, no cuelgue, dígame, ¿dónde la vio usted? Por la Redoma del Avión, cogió la Autopista, ¿en qué dirección? Caracas, ¿ella no tiene un celular, nada donde usted pueda ubicarla en vez de llamarme a mí? No, no tiene. Ah, pero entienda que no puede llamarme a mí para eso, no me cuelgue, señora, no tengo a quién recurrir, no tengo a nadie, el compadre con el que Milena me vio no es nada, no es nadie, nos dimos un beso de pura joda, por una apuesta, ella llegó, me insultó y le pegué por arrechera, por orgullo, ni siquiera me estaba metiendo nada, nada de nada, ahora me está dejando y no sé... Apaga el celular. Mira el anuncio de cigarros, con esos chamos en la playa, gozando una bola, fumando como unas ratas. Todos se ven tan bellos, ni rastro de un celular. Marlene, la secretaria de presidencia, la culona, le había recomendado que hiciera un respaldo de los números de la memoria del teléfono, lo había hecho a medias, no importaba, pero sí importaban unas fotos que tenía en la memoria. Nada que no se pudiera hacer de nuevo. Tira el teléfono a la basura, ya hará la denuncia, ya buscará uno nuevo, una línea nueva. Eso: un celular nuevo, porque esos carajos lo roban a uno con el seguro del aparato como les da la gana, no joda. Es mejor un celular nuevo, sí, y otra línea. Una tarde nueva, definitivamente una tarde nueva. Ya el café está tibio, como a ella le gusta. Nada como un café tibio. June, 2005 El desnudo (anti) social
El desnudo (anti) social Alexis Trujillo Reinefeld Al principio, todos estamos desnudos. Es un hecho común. Nacemos así y luego se nos cubre por distintas causas, pero las más gastadas son el abrigo y la reserva. Una causa es física y la otra social. Ninguna de ellas se puede quebrantar sin recibir una debida reprimenda. ¿Cuándo y por qué motivo somos capaces de desnudarnos? No hablemos del despojo de la ropa por higiene o por causa médica sino de la voluntad propia de dejarnos ver por otro sin ropa. Sólo el hombre se cubre el cuerpo con fibras vegetales -o cualquier otro tipo, dependiendo de la industria- por disposición de la sociedad en la que habita. Una explicación es la de la reserva del cuerpo para sí mismo, en un principio, y ser compartido con el ser amado, aquel con quien que se comparte el íntimo acto del amor carnal. Todos los días caminamos con personas que tienen un secreto oculto: su cuerpo desnudo. A lo largo de nuestra historia humana social compleja (es decir, con la capacidad expresiva manifiesta de manejar símbolos complejos) hemos mostrado interés por el cuerpo desnudo. La preocupación artística frente al desnudo es de las más primitivas. Podríamos pensar en dos razones: por una parte, estar desnudo es una condición mínima y minimalista del ser humano; por otra, la desnudez está asociada con la creación, y, a su vez, la creación lo está con el arte. Tratemos de explicar de qué se trata cada una de estas perspectivas, pero recurramos al lugar común de decir que la desnudez es una condición originaria y original. En un sentido coloquial, se relaciona estar desnudo con estar indefenso ante algo. La protección ante el clima que ofrece la ropa parece convertirse en un símil de protección suprema, pero, ¿protección contra qué cosa? Hemos nacido así, y si no tenemos coraza, cola o garras o dientes afilados es una condición de la especie, vale, pero que nuestro cuerpo sea tan frágil y que al nacer seamos tan débiles sólo promueve que conformemos una sociedad que sea lo suficientemente organizada como para proteger, ya en número plural, a quien viene nuevo al mundo y de una manera tan enclenque; es decir, desnuda. Es la sociedad, entonces, quien se opone al desnudo lo hace por supervivencia, aunque ya hemos visto que es únicamente por supervivencia de la propia sociedad. Si nuestra condición visceral automática es la de desear el cuerpo desnudo del otro, y si este otro está unido otro en pareja, la codicia del cuerpo ajeno puede conducir a rencillas entre los miembros del grupo. La ropa, en ese sentido, cumple más de una función, entonces, pues preserva la paz del grupo evitando que se mire el cuerpo desnudo ajeno. Ahora, ¿cuándo el asunto del desnudo se volvió una cuestión erótica? En la antigüedad, la desnudez representada en paredes no era un gatillo automático de expresión de lujuria, pues ya se sabe que estas manifestaciones eran naturalistas, reflejo de la sociedad circundante. Hubo culturas en las que se encontró la representación de escenas explícitamente sexuales, aunque también se sabe que éstas no se encontraban en sitios mayormente públicos. Hay, entonces y desde la antigüedad, una marcada diferenciación entre la representación del desnudo y su implicación erótica-sexual. Más elaboradamente, una de las características del Helenismo fue la de exaltar la figura desnuda como ejemplo de la belleza, pero una belleza antropomórfica fiel a un precepto filosófico clave en la concepción helénica del mundo: El hombre es una criatura superior a todas, ninguna es tan graciosa o ingeniosa y es el centro de todas ellas. La era medieval contribuyó a la suspensión del desnudo en espacios públicos de difusión plástica porque la mayoría de las representaciones sólo eran hechas en las iglesias, las cuales, justamente, son un espacio controlado por el clero y su filosofía. En el Antiguo Testamento, Adán y Eva se dan cuenta de su desnudez al ser expulsados del Paraíso, como si la Gracia Divina fuera una suerte de ropa o protección; el cuerpo desnudo es un claro recuerdo del Pecado Original. El desnudo, cualquier asociación al erotismo que tuviera, debía ser condenado por una institución que se erige como árbitro de la paz del alma, o de la sociedad. Si aún el desnudo es un tabú es producto de la supremacía y eficacia de esta visión por tanto tiempo, aunque no hay que olvidar la justificación originaria de cubrirnos, que es la reserva de nuestra intimidad en una situación social para no ser visto por ojos no deseados. Las situaciones opresivas no tardan en encontrar resistencia. Aislada pero capitalizadamente, pintores empezaron a enfrentar el tema del desnudo en sus obras y dependiendo de dónde se halla hecho encontraron mayor o menor crítica. Sin embargo, aún 400 años después los sectores más conservadores de las sociedades condenaban una pintura que, sin ser exclusivamente desnudista, exhibía el tema cada vez con más desenfado. Y la aparición de la fotografía no ayudó a frenar el impulso sino que más bien lo difundió a otros niveles que no se conocían. La masificación de una idea o tema depende de las posibilidades de difusión que ésta tenga, y la aceptación está supeditada a la necesidad expresa que tengan los públicos de ésta. La fotografía permitió a las masas igualarse a las clases pudientes al posibilitarles, a precios menores, tener un retrato propio, sin tener que recurrir a un caro pintor y horas de pose. La fotografía ayudó a la prensa, a la industria, a la ciencia, a las artes, y dentro de las artes se abrió un camino como un arte más con cánones y reglas importados y adaptados de la pintura. Ahora el desnudo tenía un aliado más, con la ventaja de la fidelidad en la representación, cualidad que los aun los hiperrealistas envidiarían; ahora el público podría ver cómo realmente era alguien desnudo y no tendría la distancia abstracta de la pintura. Bien: Fidelidad en el detalle, innovación tecnológica, novedad de mercadeo y precio accesible son las cualidades en las que el desnudo fotográfico se vio inmerso para convertirse en lo que es hoy, una mezcla de academicismo y erotismo que en parte es culpable de la industria cinematográfica actual. No se puede acusar a ningún fotógrafo de ser original, ni en tema ni técnica, y mucho menos en el desnudo. Todo se ha hecho antes, tímida o estridentemente. La únicas protagonistas en la historia del desnudo es la difusión, la aceptación y valoración que hacemos de éste, pues las fronteras entre el desnudo artístico, el erótico, el artístico-erótico, el explícito, el documental-explícito, el antropológico o cualquier otro son bien grises. Y si nos referimos a los retratados, la escena también se bifurca en etnias, condición física y demás. Todo tiende a multiplicarse y ahí es donde reside la aparente originalidad, en creer que haber hecho ese desnudo, con esa pose, es algo que no se ha hecho nunca. En todo tipo de desnudo hay un común denominador: el despojo de la ropa, la sugestiva intimidad, la proximidad a lo primigenio, lo verdaderamente real. En toda esta ecuación sólo falta nombrar a quien pone la etiqueta a este tema: el público. ¿Quién es el público del desnudo? ¿Qué busca en él? ¿Qué siente al mirarlo? Como cualquier hecho social que se mantiene solapado, el primer encuentro social del individuo con el desnudo de un individuo externo al entorno familiar es justo cuando se le presenta la oportunidad por cualquier medio social disponible. La curiosidad siempre burla el cerco. En Estados Unidos, en promedio, un niño ve su primera foto de un desnudo femenino a los 11 años de edad en una revista de naturaleza sexual-erótica. Es un país en el cual, cada año, se distribuyen más de 200 millones de ejemplares de las revistas Playboy y Penthouse, un poco más que los números de Time y Newsweek juntos. Enunciados como éste son esgrimidos por los contrarios a la pornografía, mientras que las empresas publicistas alegan libertad de expresión; es una discusión de nunca acabar. Nos basta mirarnos al espejo sin ropa para contemplar un desnudo, pero, ¿qué miramos en él? La atención del desnudo implica la naturaleza plástica de éste. Es un criterio utilitario implícito. Si lo que buscamos en él es la forma que parece a algo más que un desnudo, obviamente no lo estamos interpretando como un aparato de índole sexual; la viceversa es obvia, también. Creer que la expresión del cuerpo desnudo es explotación o el más alto de los temas estéticos depende de un cristal bien simple. Cualquiera puede atacar o defender el desnudo. Si reducimos nuestra visión a interpretar la obra de arte sólo por lo que describe estamos ante un problema de división social. En sí mismo, el arte sólo tiene una etiqueta: expresión. El contenido de la obra de arte no puede determinar el conjunto, porque, aisladamente, ni la forma ni el fondo pueden trabajar ni ser interpretados. El cuerpo, la desnudez, es un hecho, aun social, común a todos, y artistas y público seguirán hurgando en él. No hay tema que desate tanta polémica ni al que se recurra tanto. Ni la técnica ni la filosofía imperante han podido con él. Es nuestro cuerpo. Puro y simple. Lo mejor es acostumbrarnos a él.
May, 2005 Una rumbitaUna rumbita Alexis Trujillo R. 04032005
Sé que llegué, la vi y me pareció que andaba con dos más aunque no hablaban mucho entre ellas, sin señas de novio ni nada. Tengo rato mirándole las tetas, no sé si son operadas, pienso y me pregunta, desde allá, qué hago viéndole las tetas, no me excuso, no tiene sentido. Pudo haber sido porque yo estaba tomando desde temprano y así me envalentono, me voy derechito hasta ella, hablamos lo normal, no me presenta a las perras que andan con ella, me dice vamos a la terraza, que hay mucha bulla. Salimos y digo ya está, tiré, y mientras hablamos del piercing que tiene en la nariz hago una maniobra para besarla, trastabillo, casi me caigo, ella se ríe, me ayuda a reponerme y ahí le doy los besos y mentalmente cuento el dinero para el motel. Si no hubiéramos comprado esas cajas temprano tendría suficiente como para la habitación con jacuzzi, porque ha de ser espectacular ver este culo mojadito, pienso. Me pide un cigarro, le digo no fumo, dice no importa, seguimos besándonos, nos metemos mano, vámonos de aquí, sí, vámonos, qué coronada más fácil, Dios, y llega el tal novio. Ahí caigo en cuenta que la tipa está tan o más rascada que yo, qué lástima, el tipo la empuja en reclamo, la llama puta, indistintamente de si tiene razón de que sea o no le digo que qué bolas tiene, me tira un golpe, me caigo (ahora sí), lo pateo desde el piso, saca una pistola que resulta ser falsa, la gente grita, la tipa grita, qué dolor de bolas, Dios, se la quito y la boto, llegan unos tipos de seguridad y nos separan. Me preguntan si ando solo, digo que sí, mis panas se fueron hace un rato, me acompañan a la barra y no veo más a esta gente. Un trago, otro, otro, y no sé si me los están brindando o me los estoy robando y ya no sé de mí. Después era el alma de la fiesta, pero ya no había fiesta. Bailé y todo y me le puse impertinente a una parejita. Supongo que ya me iba cuando, creo, llegó la tipa de nuevo y se disculpó diciendo que el tipo no era ningún novio. Debo haberle creído y comprado más caña y llegado a la playa y, a lo mejor, me la pegué sin demasiadas ganas por lo bebido y manejado y todo el escándalo que ella me ha de haber explicado en el viaje y a la cual no le debo haber parado ni un mísero cuarto de bola. Luego nos habremos devuelto y debo haberla dejado en su casa. No creo haber seguido jodiendo, no pude. Llego a la casa, me baño, me cepillo los dientes porque tengo el sabor en la boca de haber vomitado, me duermo por dos horas. Me levanto, o mejor dicho, me levantan ustedes. Esa es mi versión, señor Inspector. Así deben haber pasado las cosas.
May, 2005 De mis cuentos cortos, Vol IIILa misión Alexis Trujillo Reinefeld. 220505
Ahí está el cuerpo de Andyar, chamuscado, muerto. Si un desconocido te recomienda un libro y lo aceptas pasan dos cosas: o te sientes muy solo o muy ladillado. Ha debido ser lo primero, en mi caso. Busqué de buena gana el libro y me sorprendió que tuviera precio viejo. Las dos o tres primeras páginas eran un compendio de lugares comunes de mi infancia. Caballeros, princesas, hechizos, espadas mágicas… Se apareció de pronto un peto de bronce cuya historia me dejó interesado. Se salvó la lectura, entonces. El libro me fue cautivando, lo llevaba a todos lados conmigo y cada vez que tenía un chance leía un poco: esperando en el banco, dos páginas; en el carro mientras esperaba el semáforo, dos líneas. Voluntariamente, me ofrecía a hacer los mandados más largos sólo para poder leer más el libro. Lo comentaba con mis amigos, lo recomendaba, les decía que uno podía oler el bosque con esa descripción tan minuciosa y les narraba con una memoria casi automática los accidentes del paisaje y una bandada de pájaros mono que con tanta gracia saludan a los pasantes en uno de los linderos de bosque de Lon´k Piste, más allá de Freein. A mí me encontraron en Fible hace como seis meses. A la tropa le sorprendió que supiera tanto de ellos pero más todavía que me desempeñara tan bien con el arco y la flecha con una técnica parecida a la de Andyar. Claro, yo la había copiado de él y me jactaba de haberle hecho una corrección gracias a mis estudios de física de bachillerato. El grupo me ofreció su camaradería y asumí la búsqueda de éste como mía propia. Andyar me confió muchas cosas que no había leído y yo a él. Me enseñó a cazar conejos y a untarme de estiércol de cabra para llegar mejor a los rebaños de búfalos de Herjj, que tienen más carne en estas tierras. Ayer vimos la piel vieja de un dragón lapislázuli en las copas de los árboles. Por el olor azufroso que despedía intuimos que andaba cerca y debíamos tener cuidado. Armamos el campamento y nos turnábamos de dos en dos para vigilar el cielo. El ataque vino por tierra. El dragón vino sigiloso y mató a los enanos, luego se llevó a las bestias y con ellas nos bombardeó. Kimel y Dundo, los guardianes de los sellos del rey que nos acompañaban, fueron apenas un bocado para el monstruo. Andyar peleó con fiereza pero más podía el dragón, quien acabó de una sola llamarada el espectacular peto de bronce de mi amigo. Antes de morir, clavó su espada, Trosder, en uno de los cuartos delanteros de esa azul sierpe alada. Qué mierda. Ahora tengo que ir yo solo a matar al dragón ése del coño. May, 2005 Anakin Skywalker, asesino de niñosAnakin Skywalker, asesino de niños Alexis Trujillo R. 200605 Vi el Episodio III de La Guerra de las Galaxias, La Venganza de los Sith. Lejos de las apreciaciones fílmicas de mi torpe entender, la película es muy, muy buena. En serio. Es más: es tan densa, visualmente hablando, que no deja mucho tiempo a la reflexión mientras se está viéndola. La experiencia se parece muchísimo a hacer el amor ebrio, cuando uno goza, se alegra y se disculpa o bosteza o pide más caña al mismo tiempo y paralelo, inclusive. Humanamente, no le puedo objetar nada a la película. Sólo quería hablar sobre Anakin/Vader. Religión y Filosofía nos hablan invariablemente de la polaridad entre el bien y el mal. Sólo la dirección ética, la justificación, define la naturaleza de una acción. Visto así, matar a alguien en defensa propia es menos malo que hacerlo porque sí. Un villano es un ejecutor de acciones malas, y lo es mucho más si, aparte, parece villano. Darth Vader, a los ojos de mi niñez, parece tan malo-maluco como el que más, pero en esas primeras y postreras películas el tipo no es más que un verdugo mental que de vez en cuando saca la espada. En este capítulo, Anakin Skywalker ejecuta acciones tan atroces que hace merecerse un nombre entre los grandes del maluquismo. A lo largo de la historia los mata niños se ganaron un anaquel especial en el estante de los villanos. Ramses, Herodes, Mengele, son antecedentes de Vader. La secuencia en la cual los niños Jedi se refugian en el salón sede del Consejo y preguntan al Maestro Anakin qué harán ante la infamia de la que son presa es opacada por una bofetada más fuerte, pues en acto seguido el Maestro en cuestión esgrime el sable. Tres veces más se hace mención en los diálogos a este hecho. Es como si fuera una gota que derrama el vaso: Anakin entró al templo y mató a los niños, Anakin está embarazado y mató a los niños, Anakin traicionó a los Jedi, se volvió Sith y mató a los niños. No justifico la matanza ni la explico; sólo la señalo. Como muchos, hace tiempo me cansé de explicarme y explicarle a otros los reveses de la Guerra de las Galaxias. Eso no es de mi incumbencia, pues es trabajo los guionistas. Ya que hablamos de ética, mencionemos esto. Un Jedi o un Sith mata en función del peligro que represente la víctima. Los Jedi no lo justifican, pero los Sith son más cínicos. En esa verdad medio gris se perdió Anakin y se convirtió en Vader. May, 2005 De mis cuentos cortos, Vol IIOtro sábado
22-10-2001; 1.3. Alexis Trujillo R.
Estamos acostados después de hacer el amor, con el sudor que importa poco. Tengo la sensación (y la barba crecida) como de que el tiempo ha pasado y yo he estado en la cama desde hace días, sin levantarme. Pasa un rato y otro y me divierto pensando en nada, en cómo se puede dar todo por sentado menos el propio paso del día, ya que el sol está alto y la brisa se fue. Ocho y media: Los sábados impunes. Elena se retuerce y bosteza. Medio gruñe, se voltea ahora, dándome la espalda y este espectáculo es digno de rendir este sábado, esta mañana, en todo un año sabático en el cual sólo dependa de verla así dormida. He notado que al hacerlo en las mañanas, se toma el resto de las horas en un sueño que francamente envidio. No duermo también porque me molesta la noción de tener algo que hacer dentro de poco, y no siento que sean ganas de ir al baño, porque, creo, fui en la madrugada ya gracias a lo que comí anoche, cosa que no recuerdo muy bien lo que fue, pero que me dejó prácticamente devastado del estómago. Pero lo que no estaba en curso era este dolorcito en la rodilla, que seguramente es por el juego del miércoles. Veamos: ha debido ser el fulano cangrejo falso ése que sirven a veces, el cual prefiero sea declarado merluza y le quiten lo demás, pero no recuerdo si lo comí en casa de mi mamá o donde María. Ellas siempre se antojan de cocinar lo mismo y yo me empeño en comerles lo que no debo. Sé que a una de las dos le dije –bueno, debo haberle dicho- que no podía comer cangrejo esta vez y ambas me insistieron, pero era más fácil decírselo a mi mamá que a María, y eso por los codazos que me da Elena cada vez que me exige ser cortés. Me pongo a ver y no interesa. Todo eso está ayer, allá atrás, y Elena está tan aquí, tan ahora. Su espalda desnuda me es nueva todas las veces, que reconozco no son muchas, pero esta geografía suya es mi mejor distracción y ejercicio cartográfico. Tiene hondonadas, pináculos, una sierra, desfiladeros y pecas y lunares que he decidido conquistar con mis dedos mientras no me los regala como muestra de su buena fe hacia mis oficios. Mientras lo hacíamos hace un rato, me ha mirado como desconociéndome, y no sé, pero era tan familiar y tan lejana que no pude resistirme a declarármele otra vez, como lo hago casi a diario, como lo hice todos nuestros días. A veces me pregunto si se da cuenta de lo que siento por ella y lo que estoy dispuesto a sentir en el futuro. El futuro. Borges decía que recordar las cosas era tan prodigioso como imaginarse las que vendrían y no se equivocaba, realmente. De otra manera, no sé cómo podría atarme tanto a esta espalda tan exquisita y decir que todo lo demás es baladí, que todo se puede quedar así y que me importan un pepino el béisbol o la extinción de las especies, y ahora sé que no hay mejor forma de ser egoísta que estar pegado a esta espalda que hasta hace poco era más escarpada que Marte. Y bien, aunque suene paradójico, pienso que el futuro me está dando la espalda. Literalmente. Okey, otra vez. No sé qué es lo que tengo que hacer y sé que tiene que ser ahora en la mañana. Si no fuera tan haragán, buscaría si es algo que tengo en la agenda, aunque tomo la precaución de no comprometerme los sábados para poder quedarme así, y más ahora. Es curioso, pero nunca pensé que Elena pudiera roncar, y me da risa porque es un ruidito tan agudo que parece un silbido. No es que yo no ronque, creo que lo hago bastante fuerte, pero la mención es de cuidado. Esta bulla de venganza no es recomendable en estos términos. Y ahora que nombro bulla, no sé quién haya podido dejar la televisión prendida anoche. Sé que llegamos –debemos haber llegado- a eso de las dos y ya yo tenía dolor de estómago, pero no recuerdo haber puesto la tele. A veces, si consigo una buena función me quedo como un mismo muchachito, y más si tengo la suerte de conseguir a Tiro Loco Mac Graw: Ese Pepe Trueno es sencillamente genial. Pudiera levantarme y averiguar qué comiquita sería esa que están pasando, seguro es una de esas japonesas con monstruos de bolsillo y demás yerbas, pero sería dejar la cama y a Elena y este sábado espectacular en el que tengo algo que hacer y en verdad que no me viene a la cabeza nada que tenga que ver con responsabilidad oficinesca. ¿Será algo de la oficina?. A ver: Ayer me fui de allá un poco tarde por atender unos asuntos de presidencia y dejar lista la carta para las embajadas (eso lo dejé listo, eso no puede ser), pero antes ya había terminado de hablar con los tipos de la imprenta para los afiches del festival de cine y ya dijimos que los colores son verde, azul y amarillo (aunque sería mejor turquesa que amarillo); seguro es eso lo que tengo pendiente. No, no puede ser eso, ya esa gente sabe que el amarillo tiene que ir por las cosas de la empresa. ¿Y si me duermo otro rato, más bien? ¿Y si abrazo a mi Elena otra vez, como para siempre, y no la suelto sino el lunes, cuando sí pueda declararme formalmente profesional otra vez? Sí. Es lo que voy a hacer. No hay responsabilidad que me vaya a hacer parar de aquí. ¿Por qué ese televisor está tan duro, ah? Yo convengo que las comiquitas sean violentas, pero no veo la necesidad de que estén gritando tanto, o que estén abriendo la nevera, porque, déjense de cuentos que eso que sonó fue la nevera, pero debe ser que estoy soñando y voy a aprovechar que ahora lo estoy haciendo para meter en mi sueño a Elena y confundirla con Helena de Troya y preguntarle cómo conoció a Paris y si en verdad usó las joyas de Evans o si Pokémon anduvo por esos lados y si la niñita que está parada en mi puerta con un peluche de Hello Kitty me está mirando o si Héctor en verdad domaba caballos o si eso que tengo que hacer tiene que ver con volver a hacerle el amor a Helena y recorrer esta espalda para reclamársela como mía ahora que estamos juntos y por supuesto que los tipos deben haberle puesto amarillo al afiche y celebro que es sábado y que el lunes está lejísimo y la niñita no se ha ido y está hablando y pienso que debería irse para poder abrazar en forma a Helena, perdón, a Elena, y qué bien se siente la espalda de Elena pero ahora no veo por qué metí al tal Evans si el que en realidad hizo lo de Troya y las excavaciones fue Schliemann, claro, Schliemann, que no tiene nada que ver con Schiller ni Schindler y ahora decido que definitivamente no voy a pararme hoy ni siquiera al baño, a menos que sea un poco de crema batida para untar en esta porción de mi futuro y decirle Un momento: ¿Qué está haciendo esa niñita aquí, con mi vaso? Ahora viene hacia la cama y si es un chiste o producto imaginario de la indigestión no me la calo, no. Se está sentando en la cama, haciendo los saltitos que dan los niños y me doy cuenta de que ha sido ella y no yo o Elena la del televisor a todo volumen y me está abrazando y puedo oler su aliento porque me está hablando y se parece tanto a las fotos de Elena siendo niña que mucho me temo que es una hermanita de la que no me había hablado antes, sólo que me parece un abuso que la haya traído sin avisarme. O no, mejor: El abuso es que tengamos años juntos y que no haya podido hablarme de su hermanita, o primita, no sé, quien ahora me está hablando de que Hello Kitty tiene hambre y por eso agarró mi vaso, se sirvió leche y se la estaba dando al peluche. Pero es que es tan absurdo que debe ser que estoy soñando. Sí, definitivamente estoy soñando, porque la niña me acaba de decir que no encuentra su taza, por lo que agarró mi vaso cervecero, y me culpa a mí de haberla dejado en el carro anoche. Me dan risa mis sueños. Es como la vez que soñé que Britney Spears era culta y me daba una clase sobre Italo Calvino mientras tallaba en el escenario una virgen en una plancha de vidrio que tenía en el suelo. La niña acaricia a Elena en el cabello y me hace señas de no hacer ruido porque se puede despertar. Estos sueños míos Así, supongo va a ser una niña nuestra en realidad. Elena se despertó. Está abrazando a la niña. Está abrazando la niña que estoy soñando. Le sonríe y le pregunta por qué no le ha pedido la bendición, la niña se la pide. Obviamente, es una sobrinita o una prima, sólo que Elena no tiene hermanos y no conozco a sus primos. Ambas me ven, sonríen; ha de ser por mi cara, pero los invitados deberían anunciarse primero. Es una escena muy tierna, en verdad; no podría reclamar algo en este momento. Elena se voltea y me dice que tengo que llevar a la niña a tal parte que no sé cuál es. Está bien comer cangrejo y todo, pero de ahí a haberme comprometido a llevar niños ajenos a cualquier parte no es lo que yo hago, no. La niña le refiere la misma historia del peluche y Elena le dice que ya vamos a desayunar y que no está bien jugar con las cosas que no son suyas, que ahora hay que meter a Hello Kitty en la lavadora y que le pida disculpas a papi por haber agarrado su vaso. Ahora la niña me dice papi, perdóname, tú no te pones bravo, ¿verdad?. Me estoy dando cuenta de que esta niña es mi hija, pero que en serio es mi hija, que está en mi cama, que no sé ni siquiera cómo se llama. Más lento, todo: esta niña, esta figura, es mi hija. Ahora no sé ni qué sentir, porque sea lo que sea es mi culpa, y Elena me da un beso de buenos días y me da a la niña para que la tenga mientras se levanta y no sé qué decir o hacer porque la niña me abraza y tengo que acordarme de tantas cosas que no sé si existen. Me está hablando de Pokémon. Ash puso a pelear a Pikachu con un monstruo horrible, papi. Alza los brazos en señal de la enormidad del monstruo, entonces me muestra a su Hello Kitty llena de leche, luego cómo el monstruo hizo sudar a Pikachu con una lenguarada de fuego y debería buscarme la caja de cigarros que guardé para emergencias y fumármela toda de una vez, y, papi, acuérdate de la plastilina, papi, que yo no puedo llegar sin la plastilina y le digo sí... hijita, sí, ya vamos para allá, con una pausa incómoda que no merece. No puedo conseguir los cigarros porque no sé cuánto tiempo ha transcurrido desde que los guardé y preguntarle a Elena es vano porque o se da cuenta de que estoy nervioso o me mata porque he vuelto a fumar de sopetón y, papiiiiii, ¿no vas a comer?. Tenemos que cepillarnos los dientes, bebé, le digo, y la llevo al baño y me doy cuenta de que es posible que aún ahorita esté soñando y que la clave estará en el baño, porque de no haber cepillo de dientes para ella es evidente que no existe, porque en toda fórmula es válida que el cepillo de dientes sea prueba de existencia, porque de otro modo los registros dentales no servirían para nada. La decoración de la sala es distinta, y en verdad que no puede ser. Apenas anoche estaba sentado en el sofá (¿por qué está manchado de amarillo?) tratando de conseguir un programa, algo sobre el virus hanta, y Elena me preparó una manzanilla para el malestar (porque cree que lo cura todo) y yo la convencí de que se quedara conmigo, que era sábado, que no tenía que ir a trabajar y que podíamos quedarnos hasta tarde en cama, que yo le cocinaría. De repente, resulta que tengo que buscar cereal porque Hello Kitty quedó con hambre y no encuentro el cepillo de dientes en mi baño y ya todo empieza a parecer un sueño otra vez. Elena me pregunta si ya le cepillé los dientes a la niña y le pregunto dónde está mi cepillo: tengo que buscar en el baño de la bebé. Sí, debo estar soñando. Aquí yo tenía mi biblioteca. Anteanoche me quedé leyendo hasta tarde en el sillón, el cual no está ahora, y me cepillé en este baño. Si me vieran en la oficina. ¿Quién diría que yo iba a tener un baño de Hello Kitty?. La niña me insiste en lo del cereal y le pregunto si no es ella quien quiere, pero me dice que no, que ella ya es grande y que ya comió sola. En eso se parece a la madre, me digo. La rodilla me sigue doliendo, qué raro. Encuentro mi cepillo y vuelvo a pensar en que debo hacer algo y ya son casi las nueve. La niña me sigue hablando de la plastilina, de Pikachu y le muestro su cepillo de dientes, pero dice que ella no se va a cepillar sola porque es muy chiquita. En eso se parece a la madre también, me digo. Elena sale del baño y me regaña porque la niña no se ha cepillado y yo sí. Sin saber qué responderle, le digo que por qué no lo intenta ella, y es que es difícil convencerla, lo sé. Pero mientras la busca y le convence de que la muñeca sí tiene cura y le dan galletas prefiero disfrutar de mi sueño. Pocas cosas huelen cuando soñamos. No sé por qué he podido oler tantas cosas. Sé que si uno se pellizca puede despertarse, pero he tenido un estímulo mejor: Un zancudo. Lo dejo picarme y veo cómo se me inflama la piel, pero sólo se ha ido el zancudo. Elena y la niña siguen ahí, en la cocina, donde hablan y hablan de la plastilina y el monstruo. Me llaman para desayunar y todo huele a pan tostado. Y no es malo tener familia, pienso. Elena parece mucho mejor madre de lo que ella misma se imagina (o se imaginaba) y debería decírselo al despertar, sólo para que no me fastidie más con lo de los dolores de parto y todo lo demás. Y mi niña es muy bella. Nunca me la hubiera imaginado con el cabello largo y así de inquieta. Elena me nota raro, me dice, y le respondo que estoy normal, que no puedo recordar algo que tenía que hacer en la mañana y me dice que se trata de llevar a la niña a comprar la plastilina que le prometí. Es tonto que no recuerde la promesa, pero lo es más aún no saberle el nombre a la pequeñita. Le pregunto entonces que dónde está el vaso que tiene su nombre porque no me gusta que agarre el mío para darle leche a Hello Kitty. Me señala uno que dice Vanessa, y ahora que recuerdo todo empieza a tener sentido en este sueño cruel, porque una vez actué en un video de la universidad de Elena donde ella hacía el papel de una muchacha llamada Vanessa, que salía embarazada, y cierro entonces el círculo diciendo Vanesita en voz alta, volteando a ver a mi hija, a mi muy preciosa hija, quien se ha reído tanto. Elena me ha mirado un poco raro y me dijo que si estaba bien, le respondí que sí, sólo que tengo la sensación de haber olvidado algo (unos años de mi vida, nada más), y me dice que no le vuelva a decir Vanessa a la niña. Ya no sé qué papel estoy haciendo. Me levanto de la mesa de la cocina con el pretexto de devolverme al cuarto y por fin miro la fecha. Es sábado 22 de agosto, sí, pero no es chiste lo de la niña o los cuatro años de adelanto que tiene. Me siento en la cama y quiero hacer un arqueo para ver cómo es posible ponerse a soñar algo así, tan elaborado e inútil. Hay un papel en la pared con tres figuras en creyón de cera. Debemos ser nosotros, me digo, y la firma de la artista dice Griela. Veo entonces que la providencia de mi subconciente ha querido llamar a mi hija como la heroína de mi novela, Gabriela. Le sigo, pues, el juego a mi cerebro y la llamo para que venga, diciéndole Gabrielilla. Viene corriendo entonces mi pequeña, mostrando los dientes de la mandíbula por encima de los labios, imitando al monstruo de Pokémon, un vampirito cruel y hermoso, diciéndome en un tétrico falsete, te voy a comer, papiiiii. Así que se llama Gabriela. Qué otro nombre habría podido ponerle.
Las calles se mantienen iguales, menos mal. Gabriela está contenta y no hace sino señalarme las tiendas donde podemos conseguir la plastilina, pero debo ir al almacén donde me mandó Elena haciéndome el deprimido. Elena sospecha que no soy el mismo, ya me ha preguntado demasiadas veces si estoy bien y sé que a ella no sé mentirle, y el calor o la mala noche han sido excusa, porque me ha dado miedo mencionarle que ya estaba bien del estómago y ella no me ha hecho mención alguna. Gabriela está cantando ahora, y se ve tan bien. No le gustó el juego que hicimos el estacionamiento: Hoy papi está ciego, Gabriela, así que voy a cerrar los ojos y tú me llevas hasta el carro, ¿sí?. Siempre he criticado a los que creen que los niños son estúpidos, y resulta que son una gente normal que se levanta de buen o mal humor y que si no les provoca no juegan ni se ríen ni nada. Esta niña es así. Ayer no estaba por todo eso y yo podía entretenerme a ratos imaginándomela cuando naciera, en un futuro que no era tan aparentemente seguro como lo que veo ahora. No sé qué será esto o si estoy soñando todavía, lo cual es posible, pero ya está bueno del mal chiste. Gabrielita me señala la tienda y me dice aquí es, aquí es. La llevo de la mano pero me suelta y me dice que me ocupe de Hello Kitty, que ella puede caminar sola porque ella es grande, y no sé si deba complacerla o si tenga que cargarla porque no sé cómo actúo en estos casos (no sé si actúo ni si existen estos casos) y lo que hago es quedarme a cierta distancia, pendiente de que alguien no vaya a robármela. Quién me viera en un sitio así, comprando plastilina. Esta niña en verdad parece mayor, no se puede negar. Nos ha llevado de la mano (a mí y a Hello Kitty, que está dormida porque el carro le da sueño) directo hasta el anaquel de la plastilina y me pregunta cuánto dinero me ha dado mami para comprar, a lo que respondo que no mucho y me ha torcido los ojos porque tengo que comprar muchísima, papi, porque los otros niños van a llevar otras cosas y a mí me dijeron que tenía que llevar la plastilina. Inútilmente le pregunto que cuántos son los niños o cuánta plastilina, pero veo que no sabe contar y que lo que hace es copiar las maneras de su madre. Una mujer se me queda viendo, como esperando mi saludo. A lo mejor me reconoció y yo no a ella, o de pronto se me ocurre que tengo algo en la cara, pero Gabriela es mi contacto con el mundo ahora y a ella le ha sido indiferente. Ojalá eso fuera lo único que siento estar perdiendo, pero quisiera saber si sigo trabajando en el mismo sitio, o el momento en que nació Gabriela o siquiera si viven mis padres. Si le pregunto a Elena va a saber que estoy mal de la cabeza. Gabriela me pregunta si me siento bien. Le digo que sí, aunque deploro no acordarme de ella, de sus primeros pasitos, de sus dientes de leche, de la vez que su mami o yo o quien fuera le dio a Hello Kitty. Me pide que me agache y me pone la mano sobre la frente, pero no, papi, no te preocupes porque no estás caliente. Pagamos por el kilo o algo de plastilina que metió en el carrito y me pide una barra de chocolate, la cual me ofrece a la mitad después de mordisquearla un rato. ¡Mi cartera!, ahí puede haber respuestas, saber dónde estoy parado. Gabriela intenta irse de mi lado pero estoy pendiente de ella y del inventario: Billetes de fecha actual (la del despertador de mi cuarto), tarjeta del mecánico, crédito (esta es nueva, ¿cuánto tendrá de límite?), una foto de Elena y Gabriela que debo haber tomado yo, tarjetas de presentación de Luis Mijares, John Morton, Padre Bernardo Byrne, S.J., otros tres que no conozco. Doy una servilleta a Gabriela. ¡Bingo!, mis tarjetas de presentación. ¿Ahora soy Vicepresidente de compras? ¿Desde cuándo? Ya Gabriela tenía que llenarse de chocolate todo el overol, y, a pesar de mis advertencias, el asiento del carro. Elena me va a matar cuando vea sus carpetas sucias. Pikachu, papi, me dice la niña, tiene un rayo que le sale de la cara y mata a los malos. Tiro Loco Mac Graw no los mata sino de risa, hija. Tras lidiar un poco con el paquete, Gabriela saca una cajita de plastilina y se pone a hacer los monstruos que Pikachu mata y mientras tanto yo espero encontrar mi oficina, para ver si hallo a alguien conocido, pero es sábado. Bueno, los vigilantes preguntan, casi nunca dan respuestas. Gabriela me muestra un dragón. Korekeco, papi. La última vez que vi a Mijares fue en una fiesta de la Coca Cola, e iba con una tipa promotora o algo así. Mijares es bueno en promociones, pero lo mejor son las promotoras que se consigue. Este teléfono que está aquí tiene siete cifras y el código viejo (más viejo ahora), así que debe ser la misma tarjeta que me dio el día de la Coca Cola. Este es Pam-Pam, papi, mira. Sí hija, es bonito, pero se parece un conejo, más bien. ¿Por qué tiene los dientes tan grandes? No pensé que esta rodilla me fuera a fastidiar tanto para manejar, pero ahora a Gabriela le ha dado por hambre. Lo mejor es eso de ser vicepresidente. ¿Qué le habrá pasado a Palmieri? ¿Será que lo botaron por fin?. Una estrella de plastilina, cortesía de la pequeña artista. Palmieri tenía problemas con todos, y tal, y no era tan bueno, así que dificulto que lo hayan contratado en otro lado con todos los beneficios del caso. Nos paramos en Mac Donald´s. Hay una promoción de Pokémon con la cajita feliz y tengo que comprarle una a Gabriela antes que me siga embarrando el carro de plastilina. A Morton lo vi ayer, o hace años, no sé, y me recomendó no usar el turquesa en la campaña del festival de cine, sino amarillo. ¿Cuánto? ¿Eso es lo que cuesta una cajita feliz? ¿Y el Pikachu ése es de oro?. A mí deme un té, por favor. Sí, nada más té. ¿El radio no sirve, papi?. Sí, sí sirve. Préndelo y pon “Casimirito Mundo” , papi. Otro día, hija, hoy no sé de qué me hablas. ¿Después del cielo está el espacio, papi?. Sí, Gabriela. ¿Y qué es el espacio? No sé, bonita, porque nunca he estado ahí. ¿Cómo son los árboles de papa, papi? No, no son árboles Gabriela, son unas maticas y las papas son la raíz. Las raíces no son así, son como las de esa mata de allá. Son otras raíces, son distintas. ¿Y por qué, papi? No sé, hija, son diferentes, son otras matas, son tubérculos. Carolina dice que son redondas, pero las papas de Mac Donald´s son larguitas porque son otras papas, ¿verdad papi?. No, son redondas pero las cortan así. ¿Cuándo llueve aquí llueve en la playa, papi?. No necesariamente, hija. Una vez estaba Pikachu en la playa, papi, y se cayó al agua y no sabía flotar y lo salvó Ash, papi, y los amigos estaban tristes. El Padre Byrne me puede ayudar a ver qué pasa conmigo. ¿Los gatos pueden nadar, papi?. Sí, Gabriela, la cosa es ver dónde puedo conseguir al padre, porque seguro se fue a Paraguay. ¿Tú sabes nadar, papi? Sí, hija, sí sé, pero puedo llamar a la Curia y preguntar por él. O buscarme un psiquiatra. No quiero más papas, papi, ya no me gustan, pues no las comas, Gabriela. No, no las botes en el piso, Gabriela. A lo mejor me habría despertado normal si me hubiera quedado dormido hasta las diez u once mi sofá no estaría manchado y la biblioteca estaría en su lugar. Estas cosas no le pasan a Tiro Loco; Pepe Trueno no dejaría que le sucediera. Es posible que esté encerrado en mi propia cabeza y que no quiera despertarme, a pesar de estar sudando y queriendo volver a la cama con Elena para que nada importe. Pero hay una pequeñita que me está señalando la rodilla y me pregunta si me duele ahí. Tranquilo, papi, sana sana colita de rana. Yo te doy un besito y se te quita, ¿sí, papi? Esto ha durado mucho ya. Convengo que tenga memoria para poder contarle todo esto a la gente de la oficina, a Elena, al Padre Byrne. Los símbolos se me van de las manos y no puedo anotar nada. Lo que pienso hacer es llamar a los viejos. Si hablo con ellos me despierto, estoy seguro. Cuando mi mamá se ponga con el fastidio de que ya yo no la llamo nunca y mi papá con lo de mechas para taladro de tres octavos de pulgada, me voy a convencer de que este es el sueño más loco que he tenido en la vida entera y por supuesto que me voy a levantar obsesionado con la idea y la voy a escribir porque qué cuento tan intenso. Bien, ahí está un teléfono, la niña está rendida, no se va a levantar. No creo que hayan cambiado los códigos, vamos a ver. Ya repica, ya se va a acabar el asunto, ya estoy listo para seguir recorriendo la espalda de Elena. ¿Haló? ¿Mamá? ¿Ese no es el tres dos tres cero siete diecisiete? Bueno, ¿no es la familia Hernández?. Está bien, disculpe.
Al parecer, Gabriela tiene el mismo problema de Hello Kitty. No la había visto dormir. No sé si la he visto. Se parece tanto a Elena. Hubo días en los que pensé que la felicidad era lo mismo que ver a Elena dormida, pero nada puede comparársele a esta pequeñita con ese peluche sucio. Parece que estuviera esperando un príncipe o la primavera para despertar y quizás darle sentido a este carro y a este sábado. Nadie lo sabe, nadie. Todo porque alguien me robó la conciencia durante un rato y me la devuelve ahora, cuando no sé si soy más viejo. Es como ver una película y de pronto ves un salto, una escena que no tiene nada que ver con la otra, en la que los actores están en otro lado, haciendo algo distinto, y no tienes un operador de proyector en el cuartico a quién reclamarle, y temes salir de la sala para no seguirte perdiendo cosas (esta vez porque te saliste tú, no porque te sacaron o porque te cortaron la película, como me pasó a mí) y tampoco hay nadie en la taquilla, ni donde te vendieron las cotufas, ni nada, y empiezas a caminar y te duele la rodilla y te preguntas si fue por lo que comiste anoche o hace unos años y tu niña se despierta, te dice que tiene hambre y tú no sabes si ponerte a llorar porque ella no sabe, ella no sabe que tú no la sabes a ella, que para ti ella recién existe y tú no le tienes el amor de haber compartido con ella, con Hello Kitty, sino el que te imaginas que debes sentir porque no la conoces. A pesar de todo lo simpática y linda que es (ya estoy hablando como los padres primerizos) no la conoces. Y ella está ahí, pidiéndote que la abraces porque está haciendo frío y tú lo haces porque es la única prueba de que esto no es ningún sueño, que no hay nivel de conciencia más abyecto que éste, y ahora, cuando tú estás aferrado a su idea, al no saber cómo describir una mata de papa, a su posibilidad hecha persona, a su olor, que es el más perfecto y sublime, porque es tu hija, porque es tu presencia en el mundo muy a pesar de ti y de que hoy te hayas dado cuenta de que no eres más que una cinta de video a la que le pasaron un imán en la parte más importante de su contenido, viene desfachatadamente y te dice que la sueltes, porque la raspas con la barba. No puedo sino reírme. Ya nos vamos para la casa, Gabrielita, ya nos vamos. Sólo espérate un ratico más, cuando se oculte el sol. Te prometo que después te llevo para la casa, y que nos vamos a parar en Cheezy Hut y le vamos a llevar una pizza a mami para que no cocine, pero déjame contarte que una vez estábamos aquí tu mami y yo hablando sobre nosotros y ella me regaló el atardecer, diciéndome que era una ocasión muy especial porque no importa cuántas veces te pongas a mirar la tarde, siempre será distinta. Por eso, esa tarde que me regaló tu mamá es mía y será mía y de nadie más, así como yo en este momento te la estoy regalando a ti, Gabriela. Y sí, sí, ya nos vamos, y por favor deja de poner la plastilina ahí, porque después tu mamá me va a armar el lío a mí, no a ti. He debido llamar también a Elena, decirle que conseguimos la plastilina y que almorzamos en el carro. Sí, hija, Pikachu puede hacer eso también. No debe ser tan malo empezar desde cero, con la memoria en un estado tan precario. Digo, estoy en un sitio que me gusta, con Elena y Gabriela, sin perro, ahora soy vicepresidente, y en verdad que todo es perfecto, que no hay por qué angustiarse si no sé dónde he estado este tiempo. Lo mejor, sí, Gabriela, ya vamos a llegar, es que ya sé dónde estoy ahora, a pesar de todo, y me gustaría mucho saber qué hace esa patrulla cambiándome luces a mí. Por eso es que digo que esto tiene que ser un mal sueño, porque ahora a lo mejor resulta que el policía me va a parar y resulta que en este tiempo he sido un fabuloso asesino en serie y precisamente hoy me consiguieron, buenas tardes, oficial, sí, ése es mi nombre. ¿Mi esposa? ¿Mi esposa me anda buscando? Bueno, yo salí de la casa esta mañana con la bebé a comprar unas cosas pero eso es todo, se nos hizo tarde. Me asusté, pensé que me había comido un semáforo o algo peor. Sí, no se preocupe. Ya me voy derechito para la casa, muchas gracias.
Estos abrazos son bien extraños, no sé por qué Elena ha hecho todo este alboroto nada más que por perdernos un rato. Bueno, casi todo el día, es cierto, pero no se justifica tanta alharaca. Elena está demasiado nerviosa y toda la casa huele a manzanilla, y ya María se llevó a Gabriela para el parque, y cuando se fue, Elena se puso a llorar y me mira como si no me reconociera y no se imagina que esta mañana era yo quien no la reconocía a ella. Todo va a estar bien, le digo yo, todo va a estar bien, y de pronto ella me muestra un frasco de pastillas y no sé si es por lo que tenía que hacer hoy y olvidé. ¿Olvidaste tomarte la pastilla, verdad? No sé qué decirle, porque salvo el dolor de estómago de anoche, que no sé si hubo dolor o si hubo anoche, o el dolor en la rodilla no veo por qué deba tomarme una pastilla, y mi silencio me delata y está llorando otra vez y ya no hay razón, preciosa, porque estoy aquí y, mira, ya me la tomo, no te preocupes, no hay problema, ya me la tomé, ¿viste?. Estabas raro esta mañana y no me dijiste nada, ¿por qué no me dijiste nada? Le niego haber estado raro ¿Cuándo te levantaste esta mañana, todo estaba bien, recordabas todo, te acordabas de mí? Ya todo se está volviendo pesado y no sé que tienen que ver la pastilla, mi olvido y mucho menos que Elena lo sepa todo. Ella no tiene por qué saber todo. Ahora me abraza y me pregunta si fue por eso que le dije Vanessa a Gabriela, que la disculpe, que ella siempre está pendiente de la pastilla para que a mí no me pase y no le veo mucho atractivo al abrazo y quiero que me explique todo pero está llorando tanto y está tan arrepentida de no sé qué y estoy pensando en que llora por algo más que debo saber y que está en este tiempo que me robaron y que no sé dónde está. Ahora me dice que me calme y que ya se me va a pasar, que espere el efecto de la pastilla. Esto es lo mejor: ella llora a raudales y yo soy el que se va a calmar para que me haga efecto la pastilla. Elena no va a cambiar nunca. Puede que estar así me haya servido para volverme a encontrar contigo, mi amor, con Gabriela, y lo que pasa es que debe ser la manera que la vida tiene para decirte que tienes que estar bien con todo alrededor y que eso que te rodea empieza en este útero, en la casa, en la clínica donde nacieron las bebés. Las bebés. La verdad es que he visto cosas en Gabriela que normalmente no vería porque debo haberlas dado por sentadas, como si pasaron siempre. Y se parece tanto a ti, Elena, tanto. Parece que yo no hubiera colaborado en la concepción. Si la hubieras visto, no, no llores más, preciosa, si la hubieras visto diciendo que ella podía caminar sola por la tienda ella sola porque ya es grande, me hace acordar de las historias que me contaba tu mamá de ti. Y hubieras visto la cantidad de figuritas que puede hacer con plastilina. Teníamos razón al pensar que las niñas iban a ser unas artistas. Sí, unas artistas: una pintora y la otra escultora, de seguro. El problema es la gripe, esas alergias que uno no sabe de dónde salen y que le pegan tanto a los bebés. En los gemelos siempre hay uno que no es tan fuerte, uno que pareciera más frágil. Un doctor, dos doctores, nunca te dicen nada, nunca dan con la cura, y uno va de consultorio en consultorio, de salita gris a salita blanca, sin la niña, pensando que éste sí, éste, éste la va a curar. Tú sintiéndote culpable porque se haya enfermado por ti, pero no es tu culpa, mi amor. Todas las lluvias van en contra, todas haciéndote el piloto. Me da rabia que yo no haya podido maniobrar bien y salvarme, pero no podía hacer nada, Elena, nada. Y ese carro tuyo, hasta cuándo ese lío con los tripoides. Cuando llueve, esa parte de la vía se pone muy resbaladiza, y yo siempre me he cuidado ahí, pero en una de esas la niña empezó a llorar porque se asustó con un trueno y yo intenté calmarla hablándole, diciéndole ya, bebé, ya vas a estar mejor, nunca despegué los ojos del camino, tranquila, pequeñita, tranquila, y entonces se me viene encima el otro carro, dando vueltas, y no lo pude esquivar y ahora todo está mojado por dentro y la niña se va resfriar otra vez y me duele tanto la rodilla y todo está marrón y no encuentro a mi niña, no encuentro a Vanesita, y la gente está ayudándome a salir del carro pero vienen caminando al revés y no consigo a mi Vanesita y la rodilla está por allá abajo pero no me importa porque mi niña no está en el carro. ¡Busquen por favor a mi niña, por favor, primero a la niña! ¡Díganle a mi esposa que estoy bien, pero busquen primero a mi niña, por favor! De mis cuentos cortos; Vol IFrente al Retén 010403. 1.0. Alexis Trujillo R.
Felicitar a una nueva madre. Momento de recordar si uno ya lo es o por qué no lo es aún. Padre o madre, digo. Pensamientos encontrados: los niños pueden ser atroces o divertidos; ambas cosas inclusive. No llevo regalos y me lo repruebo: ni las flores ni los escarpines amarillos de rigor. Me pesa que adentro está Alejandra, con su bebé nuevo, con su madre, que me cae tan bien. Me detengo un rato fuera del cuarto, 114, una enfermera me pregunta la hora, se la doy, me le quedo viendo y se me parece a alguien que no preciso. El ruido de un televisor prendido delata ocupantes ahí dentro. Alguna vez me imaginé una escena así, aunque un poco distinta, con la propia Alejandra como madre de un hijo mío. En mi memoria, decantada la figura por tiempo y por imaginación, la vi hermosa y lozana, protagonista ella y no el bebé. Se veía fuerte, cariñosa. Sé que en el entonces deseé fervientemente que pasara, aun a costa de yo estar con alguien más o que Alejandra tuviera a otra persona. Pude haberme ido de ahí, hacerme el muerto, pensando que era lo mejor. Hay pasados que están mejor con polvo encima. Curiosidad. ¿Remordimiento?. Respirar hondo. Tocar la puerta. No hay respuesta. Entro, escudándome en una sonrisa. Ahí está. Tengo alivio de verla bien, entera y bonita, rodeada de flores y globos, hinchada y con las raíces del cabello teñido oscuras. Radiante, empero. Se lo digo y lo sabe ya por mi expresión: tiene el sexto sentido de las madres, pero pensé que tardaba un poco más en desarrollarse. Bromeamos un poco y le pregunto por los demás, que están en el retén viendo a la niña (una niña, ¡qué tal!). Ya sabe que no la conozco aún y quiere saber si se me parece a ella. Llegan todos a la habitación, saludo al padre y la madre de Alejandra, a su hermana, un tío, dos compañeras de trabajo, su comadre (siempre olvido cómo se llama), una multitud. Salgo. El padre de Alejandra me pregunta por el trabajo: en fotografía no hay muchos contratos y uno aprovecha los dos o tres que hay al año. Me habla de la Universidad y sus clases: los alumnos son cada vez más, pero menos preparados. Le digo que ya no me acuerdo de ese período de mi vida. Ahora sale la madre y me pregunta cómo ando, que por qué tengo tanto tiempo desaparecido. Conversación cordial, me río con un par de cosas que me cuenta, alabo su nuevo peinado. ¿Viste a la bebé? Se parece a mí. Está tan feliz. Hacía tiempo que quería un nieto. Viene una enfermera, salen todos de la habitación y una voz unánime invita al cafetín. Prefiero rezagarme y buscar un baño cerca. Lo consigo. En verdad que Alejandra se ve bien, pienso. Algo así ha debido ser si hubiéramos estado juntos. Veo en el pasillo a la enfermera y anuncio un “¿se puede?” en la puerta de la habitación. Me sacaron la sangre, me dice. Ven y siéntate, ¿viste a la bebé?. No puedo contestar. Estas visitas son para ver a madre e hijo, llevo la mitad de la misión cumplida, pero no sé por qué no fui a ver a la niña y le digo que después, que ahora prefiero cuidarla mientras los demás están comiendo. Es raro que me dejen sola, más en estas circunstancias, pero, tú sabes, médico no ve al hijo como paciente, sino como hijo. Bueno, versión larga: En casa de herrero, cuchillo de palo. Reímos. Mismos cuentos: trabajo, calor, gobierno, ¿ya aprendiste a cocinar?, calor, ¿todos esos ramos, admiradores tuyos o por la bebé?. Plato fuerte: ¿cómo es eso de dar a luz?. Alejandra me describe una sensación que, ya sabe, no entenderé. Me dice que todas las paradojas, todas las contradicciones, son paralelas y una sola y ocurren en ese momento. Se me ocurre que Dios es algo parecido y convenimos que sí, que es una de las maneras en las que nos acercamos a Dios, naciendo o alumbrando. De ahí me hace un comentario sobre la Rueda de la Vida y el Aleph; le repongo un argumento tonto de Los Vedas. El tema nos ha puesto un poco fríos, más a mí que a ella, y observo que en realidad yo soy siempre así, mientras ella rebate que hace unos años eso no era así entre nosotros dos. Tiene razón. Lo acepto. Se lo acepto. Se lo agradezco. Suena un celular, lo busco entre carteras y flores, se lo paso, es el de la hermana. Siempre lo olvida, esta muchacha, haló, y pienso en la pregunta. Soy tan seco a veces que paso por desatento. Hay cosas que no se preguntan, después de todo, o aspiro a que todos sean tan cerrados como suelo ser yo. Cuelga: es el novio de la hermana (¿Aún novio? ¿No se han casado todavía?) preguntando por el parto. Me dice que estoy delgado, que qué me pasó que me perdí por tanto tiempo. No hay explicación definitiva, lejos de que cada quien se ocupó de su vida y punto, y pregunto por la niña, que debería estar con la madre. Está en una incubadora. Nada serio, debe salir esta tarde o en la nochecita. Prométeme que vendrás a cargarla. Claro, claro, que la voy a cargar. Antes de hablar me interrumpe: es raro que no me hayas preguntado por el padre. Es cierto, es raro. Se están separando, el tipo está de viaje, hay gente así. No es su primer chamo, después de todo. Me encanta que estés aquí. Le pregunto si lo extraña y me dice que no puede ocupar su mente en otra cosa que no sea la niña. ¿Cómo se va a llamar esa pequeña redentora?. Alejandra, me dice. Alexandra sería mejor, o Alexita, le digo, y reímos. Este es el punto de giro. Debería irme y sólo han pasado 10 minutos. Me ve mirando el reloj y sé que se ha ofendido un poco, le digo que no me lo tome a mal, que debo hacer otras cosas y que voy a volver y le estoy agarrando el cabello y eres un mal amigo por irte y yo que no y espera a que vengan, no me vayas a dejar sola, recuerda que te prometí que cargaría a la bebé, voy a volver, y la he mirado con los ojos de entonces porque así la he visto a ella antes y hay un temblorcito en la voz, hasta un tartamudeo, y no te vayas, chico, y la beso. La estoy besando ahora y no sé por cuánto rato lo he hecho y aquí hay sed y entrega y ansia y empeño y revancha o vergüenza y tantas otras cosas importantes o insulsas que se interrumpen porque suena la puerta y yo he saltado hacia atrás como un resorte. Hemos puesto cara adolescente, sudando en aire acondicionado. Es imposible creer que todos no se hayan dado cuenta, pero todos somos políticos, todos somos adultos, hay una bebé esperando, las flores, el reencuentro, lugares comunes, preguntarle a la hermana de Alejandra por su novio, ¿Cuándo se casan por fin?, hacerle fotos a la bebé en estos días, el calor, siempre el calor en la conversación. Otros llegan y se refresca el ambiente. Cada vez que cruzo miradas con Alejandra nos estamos besando de nuevo. Es infantil. Es necesario. Es divertido. Es tarde. Me voy y la despedida se alarga en promesas de volvernos a ver y celebrar el nacimiento de la pequeña Alexita, porque tiene que llamarse Alexita, el mundo sería mejor si los bebés se llamaran como yo. He dejado, por supuesto, para lo último despedirme de Alejandra, le he dicho al oído que no pienso dejarla y que voy a volver mañana. Sus ojos me hablan de algo más, tan abiertos, aunque me dice casi susurrando lo sé, te espero.
Me gusta sonreír así, como sin motivo. Supongo que los demás creerán que estoy loco o simplemente feliz. Entiendo por fin el chiste de caminar y ver a los demás en cámara lenta. Ahora estoy viendo a la pequeña Alexita, o Alexandra, en realidad, y sí, se parece a Alejandra. Mañana la oleré y me conectaré con emociones más básicas, más sencillas. Soñar con esas cosas no es difícil y creo que lo haré más seguido y me he dado cuenta un poco tarde, o al menos después de esta señora que me está viendo frente al retén. ¿Tres kilos ochocientos?, me dice, y se mueve como una bailarina, caray. Dicen que los bebés cogen la forma de los padres después, pero la niña ya tiene sus ojos. ¡Míreme esos ojotes!. Debe estar bien emocionado, usted. No tiene idea de cuánto señora, no tiene idea de cuánto. |
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