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    May, 2005

    De mis cuentos cortos, Vol II

    Otro sábado

    22-10-2001; 1.3. Alexis Trujillo R.

     

    Estamos acostados después de hacer el amor, con el sudor que importa poco. Tengo la sensación (y la barba crecida) como de que el tiempo ha pasado y yo he estado en la cama desde hace días, sin levantarme. Pasa un rato y otro y me divierto pensando en nada, en cómo se puede dar todo por sentado menos el propio paso del día, ya que el sol está alto y la brisa se fue.

    Ocho y media: Los sábados impunes.

    Elena se retuerce y bosteza. Medio gruñe, se voltea ahora, dándome la espalda y este espectáculo es digno de rendir este sábado, esta mañana, en todo un año sabático en el cual sólo dependa de verla así dormida. He notado que al hacerlo en las mañanas, se toma el resto de las horas en un sueño que francamente envidio. No duermo también porque me molesta la noción de tener algo que hacer dentro de poco, y no siento que sean ganas de ir al baño, porque, creo, fui en la madrugada ya gracias a lo que comí anoche, cosa que no recuerdo muy bien lo que fue, pero que me dejó prácticamente  devastado del estómago. Pero lo que no estaba en curso era este dolorcito en la rodilla, que seguramente es por el juego del miércoles.

    Veamos: ha debido ser el fulano cangrejo falso ése que sirven a veces, el cual prefiero sea declarado merluza y le quiten lo demás, pero no recuerdo si lo comí en casa de mi mamá o donde María. Ellas siempre se antojan de cocinar lo mismo y yo me empeño en comerles lo que no debo. Sé que a una de las dos le dije –bueno, debo haberle dicho- que no podía comer cangrejo esta vez y ambas me insistieron, pero era más fácil decírselo a mi mamá que a María, y eso por los codazos que me da Elena cada vez que me exige ser cortés.

    Me pongo a ver y no interesa. Todo eso está ayer, allá atrás, y Elena está tan aquí, tan ahora.

    Su espalda desnuda me es nueva todas las veces, que reconozco no son muchas, pero esta geografía suya es mi mejor distracción y ejercicio cartográfico. Tiene hondonadas, pináculos, una sierra, desfiladeros y pecas y lunares que he decidido conquistar con mis dedos mientras no me los regala como muestra de su buena fe hacia mis oficios. Mientras lo hacíamos hace un rato, me ha mirado como desconociéndome, y no sé, pero era tan familiar y tan lejana que no pude resistirme a declarármele otra vez, como lo hago casi a diario, como lo hice todos nuestros días. A veces me pregunto si se da cuenta de lo que siento por ella y lo que estoy dispuesto a sentir en el futuro.

    El futuro. Borges decía que recordar las cosas era tan prodigioso como imaginarse las que vendrían y no se equivocaba, realmente. De otra manera, no sé cómo podría atarme tanto a esta espalda tan exquisita y decir que todo lo demás es baladí, que todo se puede quedar así y que me importan un pepino el béisbol o la extinción de las especies, y ahora sé que no hay mejor forma de ser egoísta que estar pegado a esta espalda que hasta hace poco era más escarpada que Marte.

    Y bien, aunque suene paradójico, pienso que el futuro me está dando la espalda.

    Literalmente.

    Okey, otra vez. No sé qué es lo que tengo que hacer y sé que tiene que ser ahora en la mañana. Si no fuera tan haragán, buscaría si es algo que tengo en la agenda, aunque tomo la precaución de no comprometerme los sábados para poder quedarme así, y más ahora.

    Es curioso, pero nunca pensé que Elena pudiera roncar, y me da risa porque es un ruidito tan agudo que parece un silbido. No es que yo no ronque, creo que lo hago bastante fuerte, pero la mención es de cuidado. Esta bulla de venganza no es recomendable en estos términos.

    Y ahora que nombro bulla, no sé quién haya podido dejar la televisión prendida anoche. Sé que llegamos –debemos haber llegado- a eso de las dos y ya yo tenía dolor de estómago, pero no recuerdo haber puesto la tele. A veces, si consigo una buena función me quedo como un mismo muchachito, y más si tengo la suerte de conseguir a Tiro Loco Mac Graw: Ese Pepe Trueno es sencillamente genial. Pudiera levantarme y averiguar qué comiquita sería esa que están pasando, seguro es una de esas japonesas con monstruos de bolsillo y demás yerbas, pero sería dejar la cama y a Elena y este sábado espectacular en el que tengo algo que hacer y en verdad que no me viene a la cabeza nada que tenga que ver con responsabilidad oficinesca.

    ¿Será algo de la oficina?. A ver: Ayer me fui de allá un poco tarde por atender unos asuntos de presidencia y dejar lista la carta para las embajadas (eso lo dejé listo, eso no puede ser), pero antes ya había terminado de hablar con los tipos de la imprenta para los afiches del festival de cine y ya dijimos que los colores son verde, azul y amarillo (aunque sería mejor turquesa que amarillo); seguro es eso lo que tengo pendiente. No, no puede ser eso, ya esa gente sabe que el amarillo tiene que ir por las cosas de la empresa.

    ¿Y si me duermo otro rato, más bien? ¿Y si abrazo a mi Elena otra vez, como para siempre, y no la suelto sino el lunes, cuando sí pueda declararme formalmente profesional otra vez?

    Sí. Es lo que voy a hacer. No hay responsabilidad que me vaya a hacer parar de aquí.

    ¿Por qué ese televisor está tan duro, ah?

    Yo convengo que las comiquitas sean violentas, pero no veo la necesidad de que estén gritando tanto, o que estén abriendo la nevera, porque, déjense de cuentos que eso que sonó fue la nevera, pero debe ser que estoy soñando y voy a aprovechar que ahora lo estoy haciendo para meter en mi sueño a Elena y confundirla con Helena de Troya y preguntarle cómo conoció a Paris y si en verdad usó las joyas de Evans o si Pokémon anduvo por esos lados y si la niñita que está parada en mi puerta con un peluche de Hello Kitty me está mirando o si Héctor en verdad domaba caballos o si eso que tengo que hacer tiene que ver con volver a hacerle el amor a Helena y recorrer esta espalda para reclamársela como mía ahora que estamos juntos y por supuesto que los tipos deben haberle puesto amarillo al afiche y celebro que es sábado y que el lunes está lejísimo y la niñita no se ha ido y está hablando y pienso que debería irse para poder abrazar en forma a Helena, perdón, a Elena, y qué bien se siente la espalda de Elena pero ahora no veo por qué metí al tal Evans si el que en realidad hizo lo de Troya y las excavaciones fue Schliemann, claro, Schliemann, que no tiene nada que ver con Schiller ni Schindler y ahora decido que definitivamente no voy a pararme hoy ni siquiera al baño, a menos que sea un poco de crema batida para untar en esta porción de mi futuro y decirle

    Un momento: ¿Qué está haciendo esa niñita aquí, con mi vaso?

    Ahora viene hacia la cama y si es un chiste o producto imaginario de la indigestión no me la calo, no. Se está sentando en la cama, haciendo los saltitos que dan los niños y me doy cuenta de que ha sido ella y no yo o Elena la del televisor a todo volumen y me está abrazando y puedo oler su aliento porque me está hablando y se parece tanto a las fotos de Elena siendo niña que mucho me temo que es una hermanita de la que no me había hablado antes, sólo que me parece un abuso que la haya traído sin avisarme. O no, mejor: El abuso es que tengamos años juntos y que no haya podido hablarme de su hermanita, o primita, no sé, quien ahora me está hablando de que Hello Kitty tiene hambre y por eso agarró mi vaso, se sirvió leche y se la estaba dando al peluche.

    Pero es que es tan absurdo que debe ser que estoy soñando. Sí, definitivamente estoy soñando, porque la niña me acaba de decir que no encuentra su taza, por lo que agarró mi vaso cervecero, y me culpa a mí de haberla dejado en el carro anoche.

    Me dan risa mis sueños. Es como la vez que soñé que Britney Spears era culta y me daba una clase sobre Italo Calvino mientras tallaba en el escenario una virgen en una plancha de vidrio que tenía en el suelo.

    La niña acaricia a Elena en el cabello y me hace señas de no hacer ruido porque se puede despertar. Estos sueños míos Así, supongo va a ser una niña nuestra en realidad.

    Elena se despertó. Está abrazando a la niña. Está abrazando la niña que estoy soñando. Le sonríe y le pregunta por qué no le ha pedido la bendición, la niña se la pide. Obviamente, es una sobrinita o una prima, sólo que Elena no tiene hermanos y no conozco a sus primos. Ambas me ven, sonríen; ha de ser por mi cara, pero los invitados deberían anunciarse primero. Es una escena muy tierna, en verdad; no podría reclamar algo en este momento. Elena se voltea y me dice que tengo que llevar a la niña a tal parte que no sé cuál es. Está bien comer cangrejo y todo, pero de ahí a haberme comprometido a llevar niños ajenos a cualquier parte no es lo que yo hago, no. La niña le refiere la misma historia del peluche y Elena le dice que ya vamos a desayunar y que no está bien jugar con las cosas que no son suyas, que ahora hay que meter a Hello Kitty en la lavadora y que le pida disculpas a papi por haber agarrado su vaso. Ahora la niña me dice papi, perdóname, tú no te pones bravo, ¿verdad?.

    Me estoy dando cuenta de que esta niña es mi hija, pero que en serio es mi hija, que está en mi cama, que no sé ni siquiera cómo se llama.

    Más lento, todo: esta niña, esta figura, es mi hija. Ahora no sé ni qué sentir, porque sea lo que sea es mi culpa, y Elena me da un beso de buenos días y me da a la niña para que la tenga mientras se levanta y no sé qué decir o hacer porque la niña me abraza y tengo que acordarme de tantas cosas que no sé si existen.

    Me está hablando de Pokémon. Ash puso a pelear a Pikachu con un monstruo horrible, papi. Alza los brazos en señal de la enormidad del monstruo, entonces me muestra a su Hello Kitty llena de leche, luego cómo el monstruo hizo sudar a Pikachu con una lenguarada de fuego y debería buscarme la caja de cigarros que guardé para emergencias y fumármela toda de una vez, y, papi, acuérdate de la plastilina, papi, que yo no puedo llegar sin la plastilina y le digo sí... hijita, sí, ya vamos para allá, con una pausa incómoda que no merece. No puedo conseguir los cigarros porque no sé cuánto tiempo ha transcurrido desde que los guardé y preguntarle a Elena es vano porque o se da cuenta de que estoy nervioso o me mata porque he vuelto a fumar de sopetón y, papiiiiii, ¿no vas a comer?.

    Tenemos que cepillarnos los dientes, bebé, le digo, y la llevo al baño y me doy cuenta de que es posible que aún ahorita esté soñando y que la clave estará en el baño, porque de no haber cepillo de dientes para ella es evidente que no existe, porque en toda fórmula es válida que el cepillo de dientes sea prueba de existencia, porque de otro modo los registros dentales no servirían para nada. La decoración de la sala es distinta, y en verdad que no puede ser. Apenas anoche estaba sentado en el sofá (¿por qué está manchado de amarillo?) tratando de conseguir un programa, algo sobre el virus hanta, y Elena me preparó una manzanilla para el malestar (porque cree que lo cura todo) y yo la convencí de que se quedara conmigo, que era sábado, que no tenía que ir a trabajar y que podíamos quedarnos hasta tarde en cama, que yo le cocinaría. De repente, resulta que tengo que buscar cereal porque Hello Kitty quedó con hambre y no encuentro el cepillo de dientes en mi baño y ya todo empieza a parecer un sueño otra vez. Elena me pregunta si ya le cepillé los dientes a la niña y le pregunto dónde está mi cepillo: tengo que buscar en el baño de la bebé.

    Sí, debo estar soñando. Aquí yo tenía mi biblioteca. Anteanoche me quedé leyendo hasta tarde en el sillón, el cual no está ahora, y me cepillé en este baño. Si me vieran en la oficina. ¿Quién diría que yo iba a tener un baño de Hello Kitty?. La niña me insiste en lo del cereal y le pregunto si no es ella quien quiere, pero me dice que no, que ella ya es grande y que ya comió sola. En eso se parece a la madre, me digo. La rodilla me sigue doliendo, qué raro. Encuentro mi cepillo y vuelvo a pensar en que debo hacer algo y ya son casi las nueve. La niña me sigue hablando de la plastilina, de Pikachu y le muestro su cepillo de dientes, pero dice que ella no se va a cepillar sola porque es muy chiquita. En eso se parece a la madre también, me digo.

    Elena sale del baño y me regaña porque la niña no se ha cepillado y yo sí. Sin saber qué responderle, le digo que por qué no lo intenta ella, y es que es difícil convencerla, lo sé. Pero mientras la busca y le convence de que la muñeca sí tiene cura y le dan galletas prefiero disfrutar de mi sueño.

    Pocas cosas huelen cuando soñamos. No sé por qué he podido oler tantas cosas. Sé que si uno se pellizca puede despertarse, pero he tenido un estímulo mejor: Un zancudo. Lo dejo picarme y veo cómo se me inflama la piel, pero sólo se ha ido el zancudo. Elena y la niña siguen ahí, en la cocina, donde hablan y hablan de la plastilina y el monstruo. Me llaman para desayunar y todo huele a pan tostado. Y no es malo tener familia, pienso. Elena parece mucho mejor madre de lo que ella misma se imagina (o se imaginaba) y debería decírselo al despertar, sólo para que no me fastidie más con lo de los dolores de parto y todo lo demás. Y mi niña es muy bella. Nunca me la hubiera imaginado con el cabello largo y así de inquieta.

    Elena me nota raro, me dice, y le respondo que estoy normal, que no puedo recordar algo que tenía que hacer en la mañana y me dice que se trata de llevar a la niña a comprar la plastilina que le prometí. Es tonto que no recuerde la promesa, pero lo es más aún no saberle el nombre a la pequeñita. Le pregunto entonces que dónde está el vaso que tiene su nombre porque no me gusta que agarre el mío para darle leche a Hello Kitty. Me señala uno que dice Vanessa, y ahora que recuerdo todo empieza a tener sentido en este sueño cruel, porque una vez actué en un video de la universidad de Elena donde ella hacía el papel de una muchacha llamada Vanessa, que salía embarazada, y cierro entonces el círculo diciendo Vanesita en voz alta, volteando a ver a mi hija, a mi muy preciosa hija, quien se ha reído tanto. Elena me ha mirado un poco raro y me dijo que si estaba bien, le respondí que sí, sólo que tengo la sensación de haber olvidado algo (unos años de mi vida, nada más), y me dice que no le vuelva a decir Vanessa a la niña.

    Ya no sé qué papel estoy haciendo. Me levanto de la mesa de la cocina con el pretexto de devolverme al cuarto y por fin miro la fecha. Es sábado 22 de agosto, sí, pero no es chiste lo de la niña o los cuatro años de adelanto que tiene. Me siento en la cama y quiero hacer un arqueo para ver cómo es posible ponerse a soñar algo así, tan elaborado e inútil. Hay un papel en la pared con tres figuras en creyón de cera. Debemos ser nosotros, me digo, y la firma de la artista dice Griela. Veo entonces que la providencia de mi subconciente ha querido llamar a mi hija como la heroína de mi novela, Gabriela. Le sigo, pues, el juego a mi cerebro y la llamo para que venga, diciéndole Gabrielilla. Viene corriendo entonces mi pequeña, mostrando los dientes de la mandíbula por encima de los labios, imitando al monstruo de Pokémon, un vampirito cruel y hermoso, diciéndome en un tétrico falsete, te voy a comer, papiiiii.

    Así que se llama Gabriela. Qué otro nombre habría podido ponerle.

     

     

    Las calles se mantienen iguales, menos mal. Gabriela está contenta y no hace sino señalarme las tiendas donde podemos conseguir la plastilina, pero debo ir al almacén donde me mandó Elena haciéndome el deprimido. Elena sospecha que no soy el mismo, ya me ha preguntado demasiadas veces si estoy bien y sé que a ella no sé mentirle, y el calor o la mala noche han sido excusa, porque me ha dado miedo mencionarle que ya estaba bien del estómago y ella no me ha hecho mención alguna. Gabriela está cantando ahora, y se ve tan bien. No le gustó el juego que hicimos el estacionamiento: Hoy papi está ciego, Gabriela, así que voy a cerrar los ojos y tú me llevas hasta el carro, ¿sí?. Siempre he criticado a los que creen que los niños son estúpidos, y resulta que son una gente normal que se levanta de buen o mal humor y que si no les provoca no juegan ni se ríen ni nada. Esta niña es así. Ayer no estaba por todo eso y yo podía entretenerme a ratos imaginándomela cuando naciera, en un futuro que no era tan aparentemente seguro como lo que veo ahora. No sé qué será esto o si estoy soñando todavía, lo cual es posible, pero ya está bueno del mal chiste. Gabrielita me señala la tienda y me dice aquí es, aquí es. La llevo de la mano pero me suelta y me dice que me ocupe de Hello Kitty, que ella puede caminar sola porque ella es grande, y no sé si deba complacerla o si tenga que cargarla porque no sé cómo actúo en estos casos (no sé si actúo ni si existen estos casos) y lo que hago es quedarme a cierta distancia, pendiente de que alguien no vaya a robármela.

    Quién me viera en un sitio así, comprando plastilina. Esta niña en verdad parece mayor, no se puede negar. Nos ha llevado de la mano (a mí y a Hello Kitty, que está dormida porque el carro le da sueño) directo hasta el anaquel de la plastilina y me pregunta cuánto dinero me ha dado mami para comprar, a lo que respondo que no mucho y me ha torcido los ojos porque tengo que comprar muchísima, papi, porque los otros niños van a llevar otras cosas y a mí me dijeron que tenía que llevar la plastilina. Inútilmente le pregunto que cuántos son los niños o cuánta plastilina, pero veo que no sabe contar y que lo que hace es copiar las maneras de su madre.

    Una mujer se me queda viendo, como esperando mi saludo. A lo mejor me reconoció y yo no a ella, o de pronto se me ocurre que tengo algo en la cara, pero Gabriela es mi contacto con el mundo ahora y a ella le ha sido indiferente. Ojalá eso fuera lo único que siento estar perdiendo, pero quisiera saber si sigo trabajando en el mismo sitio, o el momento en que nació Gabriela o siquiera si viven mis padres.

    Si le pregunto a Elena va a saber que estoy mal de la cabeza.

    Gabriela me pregunta si me siento bien. Le digo que sí, aunque deploro no acordarme de ella, de sus primeros pasitos, de sus dientes de leche, de la vez que su mami o yo o quien fuera le dio a Hello Kitty. Me pide que me agache y me pone la mano sobre la frente, pero no, papi, no te preocupes porque no estás caliente. Pagamos por el kilo o algo de plastilina que metió en el carrito y me pide una barra de chocolate, la cual me ofrece a la mitad después de mordisquearla un rato. ¡Mi cartera!, ahí puede haber respuestas, saber dónde estoy parado. Gabriela intenta irse de mi lado pero estoy pendiente de ella y del inventario: Billetes de fecha actual (la del despertador de mi cuarto), tarjeta del mecánico, crédito (esta es nueva, ¿cuánto tendrá de límite?), una foto de Elena y Gabriela que debo haber tomado yo, tarjetas de presentación de Luis Mijares, John Morton, Padre Bernardo Byrne, S.J., otros tres que no conozco. Doy una servilleta a Gabriela. ¡Bingo!, mis tarjetas de presentación.

    ¿Ahora soy Vicepresidente de compras? ¿Desde cuándo? Ya Gabriela tenía que  llenarse de chocolate todo el overol, y, a pesar de mis advertencias, el asiento del carro. Elena me va a matar cuando vea sus carpetas sucias.

    Pikachu, papi, me dice la niña, tiene un rayo que le sale de la cara y mata a los malos. Tiro Loco Mac Graw no los mata sino de risa, hija. Tras lidiar un poco con el paquete, Gabriela saca una cajita de plastilina y se pone a hacer los monstruos que Pikachu mata y mientras tanto yo espero encontrar mi oficina, para ver si hallo a alguien conocido, pero es sábado. Bueno, los vigilantes preguntan, casi nunca dan respuestas. Gabriela me muestra un dragón. Korekeco, papi. La última vez que vi a Mijares fue en una fiesta de la Coca Cola, e iba con una tipa promotora o algo así. Mijares es bueno en promociones, pero lo mejor son las promotoras que se consigue. Este teléfono que está aquí tiene siete cifras y el código viejo (más viejo ahora), así que debe ser la misma tarjeta que me dio el día de la Coca Cola. Este es Pam-Pam, papi, mira. Sí hija, es bonito, pero se parece un conejo, más bien. ¿Por qué tiene los dientes tan grandes?

    No pensé que esta rodilla me fuera a fastidiar tanto para manejar, pero ahora a Gabriela le ha dado por hambre. Lo mejor es eso de ser vicepresidente. ¿Qué le habrá pasado a Palmieri? ¿Será que lo botaron por fin?. Una estrella de plastilina, cortesía de la pequeña artista. Palmieri tenía problemas con todos, y tal, y no era tan bueno, así que dificulto que lo hayan contratado en otro lado con todos los beneficios del caso. Nos paramos en Mac Donald´s. Hay una promoción de Pokémon con la cajita feliz y tengo que comprarle una a Gabriela antes que me siga embarrando el carro de plastilina. A Morton lo vi ayer, o hace años, no sé, y me recomendó no usar el turquesa en la campaña del festival de cine, sino amarillo. ¿Cuánto? ¿Eso es lo que cuesta una cajita feliz? ¿Y el Pikachu ése es de oro?. A mí deme un té, por favor. Sí, nada más té.

    ¿El radio no sirve, papi?. Sí, sí sirve. Préndelo y pon “Casimirito Mundo” , papi. Otro día, hija, hoy no sé de qué me hablas.

    ¿Después del cielo está el espacio, papi?. Sí, Gabriela. ¿Y qué es el espacio? No sé, bonita, porque nunca he estado ahí.

    ¿Cómo son los árboles de papa, papi? No, no son árboles Gabriela, son unas maticas y las papas son la raíz. Las raíces no son así, son como las de esa mata de allá. Son otras raíces, son distintas. ¿Y por qué, papi? No sé, hija, son diferentes, son otras matas, son tubérculos. Carolina dice que son redondas, pero las papas de Mac Donald´s son larguitas porque son otras papas, ¿verdad papi?. No, son redondas pero las cortan así.

    ¿Cuándo llueve aquí llueve en la playa, papi?. No necesariamente, hija. Una vez estaba Pikachu en la playa, papi, y se cayó al agua y no sabía flotar y lo salvó Ash, papi, y los amigos estaban tristes. El Padre Byrne me puede ayudar a ver qué pasa conmigo. ¿Los gatos pueden nadar, papi?. Sí, Gabriela, la cosa es ver dónde puedo conseguir al padre, porque seguro se fue a Paraguay. ¿Tú sabes nadar, papi? Sí, hija, sí sé, pero puedo llamar a la Curia y preguntar por él. O buscarme un psiquiatra. No quiero más papas, papi, ya no me gustan, pues no las comas, Gabriela. No, no las botes en el piso, Gabriela.

    A lo mejor me habría despertado normal si me hubiera quedado dormido hasta las diez u once mi sofá no estaría manchado y la biblioteca estaría en su lugar. Estas cosas no le pasan a Tiro Loco; Pepe Trueno no dejaría que le sucediera. Es posible que esté encerrado en mi propia cabeza y que no quiera despertarme, a pesar de estar sudando y queriendo volver a la cama con Elena para que nada importe. Pero hay una pequeñita que me está señalando la rodilla y me pregunta si me duele ahí. Tranquilo, papi, sana sana colita de rana. Yo te doy un besito y se te quita, ¿sí, papi?

    Esto ha durado mucho ya. Convengo que tenga memoria para poder contarle todo esto a la gente de la oficina, a Elena, al Padre Byrne. Los símbolos se me van de las manos y no puedo anotar nada.

    Lo que pienso hacer es llamar a los viejos. Si hablo con ellos me despierto, estoy seguro. Cuando mi mamá se ponga con el fastidio de que ya yo no la llamo nunca y mi papá con lo de mechas para taladro de tres octavos de pulgada, me voy a convencer de que este es el sueño más loco que he tenido en la vida entera y por supuesto que me voy a levantar obsesionado con la idea y la voy a escribir porque qué cuento tan intenso. Bien, ahí está un teléfono, la niña está rendida, no se va a levantar. No creo que hayan cambiado los códigos, vamos a ver. Ya repica, ya se va a acabar el asunto, ya estoy listo para seguir recorriendo la espalda de Elena. ¿Haló? ¿Mamá? ¿Ese no es el tres dos tres cero siete diecisiete? Bueno, ¿no es la familia Hernández?. Está bien, disculpe.

     

     

    Al parecer, Gabriela tiene el mismo problema de Hello Kitty. No la había visto dormir. No sé si la he visto. Se parece tanto a Elena. Hubo días en los que pensé que la felicidad era lo mismo que ver a Elena dormida, pero nada puede comparársele a esta pequeñita con ese peluche sucio. Parece que estuviera esperando un príncipe o la primavera para despertar y quizás darle sentido a este carro y a este sábado. Nadie lo sabe, nadie. Todo porque alguien me robó la conciencia durante un rato y me la devuelve ahora, cuando no sé si soy más viejo. Es como ver una película y de pronto ves un salto, una escena que no tiene nada que ver con la otra, en la que los actores están en otro lado, haciendo algo distinto, y no tienes un operador de proyector en el cuartico a quién reclamarle, y temes salir de la sala para no seguirte perdiendo cosas (esta vez porque te saliste tú, no porque te sacaron o porque te cortaron la película, como me pasó a mí) y tampoco hay nadie en la taquilla, ni donde te vendieron las cotufas, ni nada, y empiezas a caminar y te duele la rodilla y te preguntas si fue por lo que comiste anoche o hace unos años y tu niña se despierta, te dice que tiene hambre y tú no sabes si ponerte a llorar porque ella no sabe, ella no sabe que tú no la sabes a ella, que para ti ella recién existe y tú no le tienes el amor de haber compartido con ella, con Hello Kitty, sino el que te imaginas que debes sentir porque no la conoces. A pesar de todo lo simpática y linda que es (ya estoy hablando como los padres primerizos) no la conoces. Y ella está ahí, pidiéndote que la abraces porque está haciendo frío y tú lo haces porque es la única prueba de que esto no es ningún sueño, que no hay nivel de conciencia más abyecto que éste, y ahora, cuando tú estás aferrado a su idea, al no saber cómo describir una mata de papa, a su posibilidad hecha persona, a su olor, que es el más perfecto y sublime, porque es tu hija, porque es tu presencia en el mundo muy a pesar de ti y de que hoy te hayas dado cuenta de que no eres más que una cinta de video a la que le pasaron un imán en la parte más importante de su contenido, viene desfachatadamente y te dice que la sueltes, porque la raspas con la barba.

    No puedo sino reírme.

    Ya nos vamos para la casa, Gabrielita, ya nos vamos. Sólo espérate un ratico más, cuando se oculte el sol. Te prometo que después te llevo para la casa, y que nos vamos a parar en Cheezy Hut y le vamos a llevar una pizza a mami para que no cocine, pero déjame contarte que una vez estábamos aquí tu mami y yo hablando sobre nosotros y ella me regaló el atardecer, diciéndome que era una ocasión muy especial porque no importa cuántas veces te pongas a mirar la tarde, siempre será distinta. Por eso, esa tarde que me regaló tu mamá es mía y será mía y de nadie más, así como yo en este momento te la estoy regalando a ti, Gabriela. Y sí, sí, ya nos vamos, y por favor deja de poner la plastilina ahí, porque después tu mamá me va a armar el lío a mí, no a ti.

    He debido llamar también a Elena, decirle que conseguimos la plastilina y que almorzamos en el carro. Sí, hija, Pikachu puede hacer eso también. No debe ser tan malo empezar desde cero, con la memoria en un estado tan precario. Digo, estoy en un sitio que me gusta, con Elena y Gabriela, sin perro, ahora soy vicepresidente, y en verdad que todo es perfecto, que no hay por qué angustiarse si no sé dónde he estado este tiempo. Lo mejor, sí, Gabriela, ya vamos a llegar, es que ya sé dónde estoy ahora, a pesar de todo, y me gustaría mucho saber qué hace esa patrulla cambiándome luces a mí. Por eso es que digo que esto tiene que ser un mal sueño, porque ahora a lo mejor resulta que el policía me va a parar y resulta que en este tiempo he sido un fabuloso asesino en serie y precisamente hoy me consiguieron, buenas tardes, oficial, sí, ése es mi nombre. ¿Mi esposa? ¿Mi esposa me anda buscando? Bueno, yo salí de la casa esta mañana con la bebé a comprar unas cosas pero eso es todo, se nos hizo tarde. Me asusté, pensé que me había comido un semáforo o algo peor. Sí, no se preocupe. Ya me voy derechito para la casa, muchas gracias.

     

     

    Estos abrazos son bien extraños, no sé por qué Elena ha hecho todo este alboroto nada más que por perdernos un rato. Bueno, casi todo el día, es cierto, pero no se justifica tanta alharaca. Elena está demasiado nerviosa y toda la casa huele a manzanilla, y ya María se llevó a Gabriela para el parque, y cuando se fue, Elena se puso a llorar y me mira como si no me reconociera y no se imagina que esta mañana era yo quien no la reconocía a ella. Todo va a estar bien, le digo yo, todo va a estar bien, y de pronto ella me muestra un frasco de pastillas y no sé si es por lo que tenía que hacer hoy y olvidé. ¿Olvidaste tomarte la pastilla, verdad? No sé qué decirle, porque salvo el dolor de estómago de anoche, que no sé si hubo dolor o si hubo anoche, o el dolor en la rodilla no veo por qué deba tomarme una pastilla, y mi silencio me delata y está llorando otra vez y ya no hay razón, preciosa, porque estoy aquí y, mira, ya me la tomo, no te preocupes, no hay problema, ya me la tomé, ¿viste?. Estabas raro esta mañana y no me dijiste nada, ¿por qué no me dijiste nada? Le niego haber estado raro ¿Cuándo te levantaste esta mañana, todo estaba bien, recordabas todo, te acordabas de mí? Ya todo se está volviendo pesado y no sé que tienen que ver la pastilla, mi olvido y mucho menos que Elena lo sepa todo. Ella no tiene por qué saber todo. Ahora me abraza y me pregunta si fue por eso que le dije Vanessa a Gabriela, que la disculpe, que ella siempre está pendiente de la pastilla para que a mí no me pase y no le veo mucho atractivo al abrazo y quiero que me explique todo pero está llorando tanto y está tan arrepentida de no sé qué y estoy pensando en que llora por algo más que debo saber y que está en este tiempo que me robaron y que no sé dónde está. Ahora me dice que me calme y que ya se me va a pasar, que espere el efecto de la pastilla. Esto es lo mejor: ella llora a raudales y yo soy el que se va a calmar para que me haga efecto la pastilla. Elena no va a cambiar nunca.

    Puede que estar así me haya servido para volverme a encontrar contigo, mi amor, con Gabriela, y lo que pasa es que debe ser la manera que la vida tiene para decirte que tienes que estar bien con todo alrededor y que eso que te rodea empieza en este útero, en la casa, en la clínica donde nacieron las bebés. Las bebés. La verdad es que he visto cosas en Gabriela que normalmente no vería porque debo haberlas dado por sentadas, como si pasaron siempre. Y se parece tanto a ti, Elena, tanto. Parece que yo no hubiera colaborado en la concepción. Si la hubieras visto, no, no llores más, preciosa, si la hubieras visto diciendo que ella podía caminar sola por la tienda ella sola porque ya es grande, me hace acordar de las historias que me contaba tu mamá de ti. Y hubieras visto la cantidad de figuritas que puede hacer con plastilina. Teníamos razón al pensar que las niñas iban a ser unas artistas. Sí, unas artistas: una pintora y la otra escultora, de seguro. El problema es la gripe, esas alergias que uno no sabe de dónde salen y que le pegan tanto a los bebés. En los gemelos siempre hay uno que no es tan fuerte, uno que pareciera más frágil. Un doctor, dos doctores, nunca te dicen nada, nunca dan con la cura, y uno va de consultorio en consultorio, de salita gris a salita blanca, sin la niña, pensando que éste sí, éste, éste la va a curar. Tú sintiéndote culpable porque se haya enfermado por ti, pero no es tu culpa, mi amor. Todas las lluvias van en contra, todas haciéndote el piloto. Me da rabia que yo no haya podido maniobrar bien y salvarme, pero no podía hacer nada, Elena, nada. Y ese carro tuyo, hasta cuándo ese  lío con los tripoides. Cuando llueve, esa parte de la vía se pone muy resbaladiza, y yo siempre me he cuidado ahí, pero en una de esas la niña empezó a llorar porque se asustó con un trueno y yo intenté calmarla hablándole, diciéndole ya, bebé, ya vas a estar mejor, nunca despegué los ojos del camino, tranquila, pequeñita, tranquila, y entonces se me viene encima el otro carro, dando vueltas, y no lo pude esquivar y ahora todo está mojado por dentro y la niña se va resfriar otra vez y me duele tanto la rodilla y todo está marrón y no encuentro a mi niña, no encuentro a Vanesita, y la gente está ayudándome a salir del carro pero vienen caminando al revés y no consigo a mi Vanesita y la rodilla está por allá abajo pero no me importa porque mi niña no está en el carro. ¡Busquen por favor a mi niña, por favor, primero a la niña! ¡Díganle a mi esposa que estoy bien, pero busquen primero a mi niña, por favor!

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