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    May, 2005

    De mis cuentos cortos, Vol III

    La misión

    Alexis Trujillo Reinefeld. 220505

     

    Ahí está el cuerpo de Andyar, chamuscado, muerto.

    Si un desconocido te recomienda un libro y lo aceptas pasan dos cosas: o te sientes muy solo o muy ladillado. Ha debido ser lo primero, en mi caso. Busqué de buena gana el libro y me sorprendió que tuviera precio viejo. Las dos o tres primeras páginas eran un compendio de lugares comunes de mi infancia. Caballeros, princesas, hechizos, espadas mágicas… Se apareció de pronto un peto de bronce cuya historia me dejó interesado. Se salvó la lectura, entonces.

    El libro me fue cautivando, lo llevaba a todos lados conmigo y cada vez que tenía un chance leía un poco: esperando en el banco, dos páginas; en el carro mientras esperaba el semáforo, dos líneas. Voluntariamente, me ofrecía a hacer los mandados más largos sólo para poder leer más el libro. Lo comentaba con mis amigos, lo recomendaba, les decía que uno podía oler el bosque con esa descripción tan minuciosa y les narraba con una memoria casi automática los accidentes del paisaje y una bandada de pájaros mono que con tanta gracia saludan a los pasantes en uno de los linderos de bosque de Lon´k Piste, más allá de Freein.

    A mí me encontraron en Fible hace como seis meses. A la tropa le sorprendió que supiera tanto de ellos pero más todavía que me desempeñara tan bien con el arco y la flecha con una técnica parecida a la de Andyar. Claro, yo la había copiado de él y me jactaba de haberle hecho una corrección gracias a mis estudios de física de bachillerato.

    El grupo me ofreció su camaradería y asumí la búsqueda de éste como mía propia. Andyar me confió muchas cosas que no había leído y yo a él. Me enseñó a cazar conejos y a untarme de estiércol de cabra para llegar mejor a los rebaños de búfalos de Herjj, que tienen más carne en estas tierras.

    Ayer vimos la piel vieja de un dragón lapislázuli en las copas de los árboles. Por el olor azufroso que despedía intuimos que andaba cerca y debíamos tener cuidado. Armamos el campamento y nos turnábamos de dos en dos para vigilar el cielo. El ataque vino por tierra. El dragón vino sigiloso y mató a los enanos, luego se llevó a las bestias y con ellas nos bombardeó. Kimel y Dundo, los guardianes de los sellos del rey que nos acompañaban, fueron apenas un bocado para el monstruo. Andyar peleó con fiereza pero más podía el dragón, quien acabó de una sola llamarada el espectacular peto de bronce de mi amigo. Antes de morir, clavó su espada, Trosder, en uno de los cuartos delanteros de esa azul  sierpe alada.

    Qué mierda. Ahora tengo que ir yo solo a matar al dragón ése del coño.

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