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June, 2005 El desnudo (anti) social
El desnudo (anti) social Alexis Trujillo Reinefeld Al principio, todos estamos desnudos. Es un hecho común. Nacemos así y luego se nos cubre por distintas causas, pero las más gastadas son el abrigo y la reserva. Una causa es física y la otra social. Ninguna de ellas se puede quebrantar sin recibir una debida reprimenda. ¿Cuándo y por qué motivo somos capaces de desnudarnos? No hablemos del despojo de la ropa por higiene o por causa médica sino de la voluntad propia de dejarnos ver por otro sin ropa. Sólo el hombre se cubre el cuerpo con fibras vegetales -o cualquier otro tipo, dependiendo de la industria- por disposición de la sociedad en la que habita. Una explicación es la de la reserva del cuerpo para sí mismo, en un principio, y ser compartido con el ser amado, aquel con quien que se comparte el íntimo acto del amor carnal. Todos los días caminamos con personas que tienen un secreto oculto: su cuerpo desnudo. A lo largo de nuestra historia humana social compleja (es decir, con la capacidad expresiva manifiesta de manejar símbolos complejos) hemos mostrado interés por el cuerpo desnudo. La preocupación artística frente al desnudo es de las más primitivas. Podríamos pensar en dos razones: por una parte, estar desnudo es una condición mínima y minimalista del ser humano; por otra, la desnudez está asociada con la creación, y, a su vez, la creación lo está con el arte. Tratemos de explicar de qué se trata cada una de estas perspectivas, pero recurramos al lugar común de decir que la desnudez es una condición originaria y original. En un sentido coloquial, se relaciona estar desnudo con estar indefenso ante algo. La protección ante el clima que ofrece la ropa parece convertirse en un símil de protección suprema, pero, ¿protección contra qué cosa? Hemos nacido así, y si no tenemos coraza, cola o garras o dientes afilados es una condición de la especie, vale, pero que nuestro cuerpo sea tan frágil y que al nacer seamos tan débiles sólo promueve que conformemos una sociedad que sea lo suficientemente organizada como para proteger, ya en número plural, a quien viene nuevo al mundo y de una manera tan enclenque; es decir, desnuda. Es la sociedad, entonces, quien se opone al desnudo lo hace por supervivencia, aunque ya hemos visto que es únicamente por supervivencia de la propia sociedad. Si nuestra condición visceral automática es la de desear el cuerpo desnudo del otro, y si este otro está unido otro en pareja, la codicia del cuerpo ajeno puede conducir a rencillas entre los miembros del grupo. La ropa, en ese sentido, cumple más de una función, entonces, pues preserva la paz del grupo evitando que se mire el cuerpo desnudo ajeno. Ahora, ¿cuándo el asunto del desnudo se volvió una cuestión erótica? En la antigüedad, la desnudez representada en paredes no era un gatillo automático de expresión de lujuria, pues ya se sabe que estas manifestaciones eran naturalistas, reflejo de la sociedad circundante. Hubo culturas en las que se encontró la representación de escenas explícitamente sexuales, aunque también se sabe que éstas no se encontraban en sitios mayormente públicos. Hay, entonces y desde la antigüedad, una marcada diferenciación entre la representación del desnudo y su implicación erótica-sexual. Más elaboradamente, una de las características del Helenismo fue la de exaltar la figura desnuda como ejemplo de la belleza, pero una belleza antropomórfica fiel a un precepto filosófico clave en la concepción helénica del mundo: El hombre es una criatura superior a todas, ninguna es tan graciosa o ingeniosa y es el centro de todas ellas. La era medieval contribuyó a la suspensión del desnudo en espacios públicos de difusión plástica porque la mayoría de las representaciones sólo eran hechas en las iglesias, las cuales, justamente, son un espacio controlado por el clero y su filosofía. En el Antiguo Testamento, Adán y Eva se dan cuenta de su desnudez al ser expulsados del Paraíso, como si la Gracia Divina fuera una suerte de ropa o protección; el cuerpo desnudo es un claro recuerdo del Pecado Original. El desnudo, cualquier asociación al erotismo que tuviera, debía ser condenado por una institución que se erige como árbitro de la paz del alma, o de la sociedad. Si aún el desnudo es un tabú es producto de la supremacía y eficacia de esta visión por tanto tiempo, aunque no hay que olvidar la justificación originaria de cubrirnos, que es la reserva de nuestra intimidad en una situación social para no ser visto por ojos no deseados. Las situaciones opresivas no tardan en encontrar resistencia. Aislada pero capitalizadamente, pintores empezaron a enfrentar el tema del desnudo en sus obras y dependiendo de dónde se halla hecho encontraron mayor o menor crítica. Sin embargo, aún 400 años después los sectores más conservadores de las sociedades condenaban una pintura que, sin ser exclusivamente desnudista, exhibía el tema cada vez con más desenfado. Y la aparición de la fotografía no ayudó a frenar el impulso sino que más bien lo difundió a otros niveles que no se conocían. La masificación de una idea o tema depende de las posibilidades de difusión que ésta tenga, y la aceptación está supeditada a la necesidad expresa que tengan los públicos de ésta. La fotografía permitió a las masas igualarse a las clases pudientes al posibilitarles, a precios menores, tener un retrato propio, sin tener que recurrir a un caro pintor y horas de pose. La fotografía ayudó a la prensa, a la industria, a la ciencia, a las artes, y dentro de las artes se abrió un camino como un arte más con cánones y reglas importados y adaptados de la pintura. Ahora el desnudo tenía un aliado más, con la ventaja de la fidelidad en la representación, cualidad que los aun los hiperrealistas envidiarían; ahora el público podría ver cómo realmente era alguien desnudo y no tendría la distancia abstracta de la pintura. Bien: Fidelidad en el detalle, innovación tecnológica, novedad de mercadeo y precio accesible son las cualidades en las que el desnudo fotográfico se vio inmerso para convertirse en lo que es hoy, una mezcla de academicismo y erotismo que en parte es culpable de la industria cinematográfica actual. No se puede acusar a ningún fotógrafo de ser original, ni en tema ni técnica, y mucho menos en el desnudo. Todo se ha hecho antes, tímida o estridentemente. La únicas protagonistas en la historia del desnudo es la difusión, la aceptación y valoración que hacemos de éste, pues las fronteras entre el desnudo artístico, el erótico, el artístico-erótico, el explícito, el documental-explícito, el antropológico o cualquier otro son bien grises. Y si nos referimos a los retratados, la escena también se bifurca en etnias, condición física y demás. Todo tiende a multiplicarse y ahí es donde reside la aparente originalidad, en creer que haber hecho ese desnudo, con esa pose, es algo que no se ha hecho nunca. En todo tipo de desnudo hay un común denominador: el despojo de la ropa, la sugestiva intimidad, la proximidad a lo primigenio, lo verdaderamente real. En toda esta ecuación sólo falta nombrar a quien pone la etiqueta a este tema: el público. ¿Quién es el público del desnudo? ¿Qué busca en él? ¿Qué siente al mirarlo? Como cualquier hecho social que se mantiene solapado, el primer encuentro social del individuo con el desnudo de un individuo externo al entorno familiar es justo cuando se le presenta la oportunidad por cualquier medio social disponible. La curiosidad siempre burla el cerco. En Estados Unidos, en promedio, un niño ve su primera foto de un desnudo femenino a los 11 años de edad en una revista de naturaleza sexual-erótica. Es un país en el cual, cada año, se distribuyen más de 200 millones de ejemplares de las revistas Playboy y Penthouse, un poco más que los números de Time y Newsweek juntos. Enunciados como éste son esgrimidos por los contrarios a la pornografía, mientras que las empresas publicistas alegan libertad de expresión; es una discusión de nunca acabar. Nos basta mirarnos al espejo sin ropa para contemplar un desnudo, pero, ¿qué miramos en él? La atención del desnudo implica la naturaleza plástica de éste. Es un criterio utilitario implícito. Si lo que buscamos en él es la forma que parece a algo más que un desnudo, obviamente no lo estamos interpretando como un aparato de índole sexual; la viceversa es obvia, también. Creer que la expresión del cuerpo desnudo es explotación o el más alto de los temas estéticos depende de un cristal bien simple. Cualquiera puede atacar o defender el desnudo. Si reducimos nuestra visión a interpretar la obra de arte sólo por lo que describe estamos ante un problema de división social. En sí mismo, el arte sólo tiene una etiqueta: expresión. El contenido de la obra de arte no puede determinar el conjunto, porque, aisladamente, ni la forma ni el fondo pueden trabajar ni ser interpretados. El cuerpo, la desnudez, es un hecho, aun social, común a todos, y artistas y público seguirán hurgando en él. No hay tema que desate tanta polémica ni al que se recurra tanto. Ni la técnica ni la filosofía imperante han podido con él. Es nuestro cuerpo. Puro y simple. Lo mejor es acostumbrarnos a él.
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