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    June, 2005

    Foto con Müller, por favor

    Foto con Müller, por favor

    Alexis Trujillo Reinefeld, 260705

    Para Adriana Briceño

     

    Necesitaba una fotocopia de la cédula y en tres sitios había visto que no servía la máquina. Entró a la librería y la halló desierta salvo por un jovencito que veía televisión casi hipnotizado hasta que él le dio las buenas tardes, interrumpiéndole así su programa. El jovencito se le quedó mirando largo rato, como reconociéndolo. Sin inmutarse, vainas de muchacho, pensó, le extendió la cédula y le pidió una copia. Luego apareció una señora y puso la misma expresión. Ya la cosa era como para ponerse nervioso, ya el hombre pensaba que tenía algo en la cara o en los dientes, y volteó para procurar que eso no le estaba pasando. Ya tenía suficiente con lo de dar veinte vueltas para una pobre fotocopia.

    -         ¿Usted es Juan Müller? ¿El de la novela?- le preguntó la señora.

    Sonrió con alivio, pues pensó otra cosa. No tenía nada en la cara ni en los dientes, bien. Les dijo que no, gracias por confundirme con un actor pero no, no era él. Le dijeron que se parecía a Viejo Moro, el de la novela, y ya él sabía de qué se trataba, pues había que ver la cantidad de gente que estaba viéndola y comentándola. El muchacho leyó la cédula: José Martínez, dijo en voz alta, y el hombre contestó soy yo. Casi terminada la transacción, en la televisión aparece un avance de la novela en cuestión, “La Guaricha”, y aparece el tal Juan Müller, el cual es idéntico a José Martínez. Vuelve la incomodidad al ambiente. El hombre dice ahora que sí, con sorpresa, que son dos gotas de agua, que hay que ser ciego para no darse cuenta, pero que él no es ni por casualidad el actor, mientras que los dependientes de la librería dicen que sí es, que por supuesto que sí es, pero Juan Müller es el nombre artístico y no el real, porque, claro, José Martínez es así como de pueblo, pues. Martínez se molesta un poco con el comentario, pero no lo demuestra.

    El muchacho le pide hacerse una foto con él y la señora con su teléfono y Martínez se niega. Ellos le imprecan que los artistas son así, dados al anonimato, pero que su secreto está bien guardado en la librería. El aún les dice que no, que no es ningún Müller, que no le gusta hacerse fotos, pero accede porque sabe que es la única manera de salir impune de la situación. Se hace la foto, siente un poco de vergüenza porque José Martínez no es nadie con quien se quieran sacar una foto sino con Juan Müller, alias Viejo Moro, como el de la telenovela ésta cuyo avance acababan de pasar otra vez. Es igualito a usted, igualito, volvieron a decirle, y él volvió a aceptarlo, con fastidio y quizás con un chichón en su aplastada autoestima.

    Ya de salida entró otra señora y dio un grito de alegría. Eso no podía pasarle a José Martínez, no, y ahora, dos veces en un día, y los de la tienda le dicen ¿verdad que es igualito a Viejo Moro? Acto seguido la señora nueva llama a su hija, que está afuera, para que venga a ver a Müller, a Viejo Moro. Lo que queda es resignarse y aguantar con una sonrisa, pensó Martínez, porque de igual forma le iba a ser difícil salir si se formaba una algarabía que no lo dejara terminar sus diligencias para volver al trabajo. La hija de la señora era bonita y simpática, pero lo vio de manera incrédula. Se le presentó y le dijo que él no podía ser Müller, porque era más gordo. La señora de la tienda le respondió que la televisión aumenta 5 kilos, que por eso es que se ve flaco, pero que sí es él. Martínez no podía decir nada ya porque estaba preso de un grupo de fanáticos que no podían dar crédito a que la cédula no fuera suficientemente legítima como para hacerles ver que él era José Martínez.

    La madre de la muchacha le pregunta por Clara, la protagonista de la novela, y si ésta va a darse cuenta de la traición de Rodolfo Andrés, el capataz que está enamorado de ella. El muchacho le responde que ellos no van a quedar juntos porque ya lo había leído en el periódico en una entrevista que le hacían al guionista de la telenovela. Mientras tanto, Martínez había querido hablar con la muchacha, que le parecía cada vez más bonita, y no había podido lograrlo, sobretodo porque ahora había dos personas señoras y otro señor más que habían entrado al ver el alboroto y que reconocieron a Viejo Moro en la librería. En fin, casi una fiesta en la cual ahora apareció el primer papelito para estampar un autógrafo. Esgrimió la peor excusa: no tengo bolígrafo. En medio de la librería, una literal lluvia de plumas acogió al cada vez más agobiado Martínez, pero la salida que había previsto exigía ser un poco más agudo. Siguiendo la corriente, empezó a estampar “Viejo Moro” por cuanta servilleta, libreta o cartón que le presentaron, además de haberse hecho un par de fotos con una niña y dos morochitos que le trajeron también, locos por decir que conocieron al señor de “La Guaricha”. No sabía de dónde salían tantos teléfonos con cámara.

    Además de lo lleno de la librería, la bulla y la conversación acerca de la trama de la novela, la muchacha estaba cada vez más distante. Una señora pasó y le dijo Müller, Müller, estás más bello haciendo de viejo que antes, y le estampó un beso en la mejilla. La muchacha vio la escena y puso cara de desagrado, y él quiso pensar que se trataba de celos. Como José Martínez, sabía que ella le haría muy poco caso. Pensó en hablarle, invitarla a salir, pero cómo se interesaría ella en un abogado que no ejercía… Al nombrar su profesión recordó la diligencia que tenía que hacer. Tres y media, ya no había tiempo para llegar a la notaría. Los 15 minutos de Warhol le habían cobrado su precio, además de revelarle de nuevo un rasgo oscuro de su personalidad, una timidez inusitada que afloraba cada vez que una mujer le gustaba. Esta vez no sería así, pensó. Siguió la corriente a la reunión de fanáticos y evitó todo tipo de comentarios comprometedores sobre la trama de la novela, la cual a él no le gustaba para nada. Vio colgar a la muchacha y caminó decidido hacia ella. Le habló torpemente, al principio. Resultó que era profesora de inglés, que se llamaba Cristina y que casi no veía televisión, salvo los ratos que pasaba con su madre. En esto los interrumpieron para unas fotos, un comentario de la madre y tres autógrafos. Siguieron hablando y, por fin, Martínez pudo invitarla a tomarse un café o al cine. Cristina sonrió pero no respondió, lo cual lo puso tenso. Ella alegó que no sabía cómo podía ser salir con una estrella de la televisión pero que sí, que sí lo intentaría, que la llamara el jueves entrante a ver qué tal porque a lo mejor no tenía clases y se despidieron.

    Martínez sólo tuvo que lidiar con dos viejitas más, despidiéndose cordialmente y regresándose luego porque no tenía ni la cédula ni las copias ni había pagado tampoco. Pero tenía en su poder el teléfono de Cristina y algo le decía que a ella le había gustado él también. Abrió el carro y vio la hora y pensó que fue mucho mejor no haber llegado a la notaría pues ahora podía llegar a la casa y darse un baño y de repente comer algo antes de ir al canal a grabar la novela.

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