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November, 2006 Los Osos PandaSin duda la culpa sería de su padre, quien le siempre aconsejó que, a su edad, lo que más le convendría era una mujer poco inteligente, pero cariñosa. Alvaro suspiraba y pensaba qué difícil ha de ser. Mujer y bruta, decía para sí, eran palabras que él no metería en una misma oración, pero su padre le insistía en que se consiguiera una tipa “como de adorno”, que poco importaba, inclusive la inestable noción de amor que sólo dura de 12 a 18 meses (en el mejor de los casos). De todas formas, Alvaro no confiaba del todo en los criterios profesionales de su padre, quizás por aquello del cuchillo de palo en la casa del herrero. Tampoco se sentía solo, o al menos no necesitado de compañía íntima. A alguien, no recordaba a quien, le había robado la autoría de la frase soy como un camello sexual, que más bien tenía el encomio de ser como un oso panda. El día que conoció a Valeria estaba a horas de cumplir 35 años. De alguna forma se había acostumbrado a la presión del entorno: Estás viejo, cásate, ten hijos. Tenía una reunión de trabajo que se convirtió en celebración de víspera y en unas rondas en un bar a medio llenar. Ahí vio a Valeria, de la mano de un tipo, pero no sintió celos o ganas de presentársele, no, porque sabía, y no sabía cómo lo sabía, que esa mujer era el adorno que su padre le había enseñado a reconocer. Antes de terminar la velada ya le había sacado varios datos: Valeria, estudiante de arquitectura, huérfana de madre, número de teléfono. Pasaron dos meses. Valeria era una tonta perfecta, bella y buena en la cama. El padre de Alvaro estaba encantado. Los amigos ponían cara de por fin, Alvaro, por fin. Alvaro sentía el peso y el alivio de tener esa cara. Al año se casaron. Como a todo matrimonio, les llegó el fatídico día de no tener nada qué decirse y Alvaro maldijo secretamente esos tales químicos que no dejan que la gente normal siga creyendo estar enamorada. Se esquivaban, se dormían inmediatamente después de hacer el amor, las siestas se prolongaban y visitaban a sus amigos más a menudo, también. Valeria fue la primera en hablar. Alvaro, así ni siquiera vale la pena tener bebés, le dijo, mejor será separarnos. Acto seguido cogió unas obras completas de Dostoievski y se puso a leer. En ese instante, Alvaro descubrió que estaba enamorado de su esposa.
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