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March, 2007 Vainas de Perro ChiquitoVainas de Perro Chiquito06032007
Yo sí les voy a decir, cuando vengan con su consuelo pendejo, que a mí Patricia me dejó única y exclusivamente porque le daba la gana, o le daban la gana a ella su mamá y la tal tía Matilde, y no por otra cosa. La gente no ve la trama completa. Verá la novela, la comiquita, pero nunca le para bola a la trama. Patricia se antojó un día de quererse ver las tetas más grandes y yo cometí la idiotez de decirle que así se veía bien (y en verdad se veía bien), pero no: qué riñones tenía yo en decirle que se veía bien, desconsiderado, si lo que yo quería era ahorrarme los reales de la operación porque sencillamente no pude cuadrar una excusa creíble al corredor de seguros para ocultar las tetas nuevas con una apendicitis inocente. Claro, como yo vivo pendiente de otras vainas nunca vi venir la fulana promoción de ese pedazo de cereal que sabe a anime y que promete acabar con el estreñimiento en 48 horas. Me guardo mi opinión, pero bastó con que los genios del mercadeo coronaran la bazofia ésa con la promoción “Enhiérrate con MaxEnérgico”. A quién se le habrá ocurrido semejante barbaridad de poner unos implantes de seno en una caja de cereal, decía yo, pero a mi mujer le pareció que era su oportunidad de oro para lucir como la Pamela o la Aida o la Marta. Así que comió y comió el arroz inflado como para inflarse ella misma, sólo que el estreñimiento no pudo atrincherarse como para llenar ciertas partes y yo me gané dos días sin cena por hacerle ver que unos senos esculpidos no valían tanto viaje al baño. La maldición gemela recayó en la familia, sí, sólo que quien se las ganó fue la esposa de mi hermano, lo cual exaltó las pasiones más bajas de Patricia. No habían terminado de sacar a mi cuñada del quirófano cuando ya Patricia estaba ahí para ver de cerca el milagro, y, por supuesto, llevó a sus infaltables secuaces, madre y tía. Entre las tres ya estaban gestando el plan. Yo, por otra parte, me fui con mi hermano a tomarme unas cervezas al mismo sitio que íbamos cada vez que paría un muchacho más. Esta vez fue otro parto, emocional, claro está, pero el tipo estaba de lo más emocionado porque a estas morochitas podía acariciarlas y consentirlas sin alborotarle la casa con reguetón ni pedirle el carro prestado para ir a la peluquería. Mi hermano me presentó a Patricia hará cosa de veinte años, cuando trabajaba sacando copias en la Universidad. Me dijo mi pana, tengo a la tipa como las que te gustan a ti: bajita, medio catira, tetoncita, risa linda, te va a gustar qué jode ese perro chiquito. La vi, me gustó, pensé que iba a estar detrás de ella meses y resultó que en dos semanas ya estábamos empatados y felices. Y no había carajo más enamorado que yo hasta hace un año, cuando empezó el karma de las tetas. Se miraba en el espejo, se las subía, se las bajaba, me decía que un día me iba a conseguir a una más joven que ella y hasta ahí me iba a durar el amor. Al principio la ignoraba, pero cuando le dije que así estaba bien, como ya dije, la fijación fue creciendo más y más, aparte de ser apoyada por el par de viejas insoportables en cuestión, que se aparecían con presupuestos y fotos de la artista tal o cual que había, también, conseguido la fuente de la eterna juventud por medio de la mamoplastia, que cada vez es más segura, barata y sin efecto residual, además de ser el segmento de industria que más ha crecido en los años de recesión económica. Mientras tanto, yo no me explicaba cuánto había cambiado Patricia o en qué momento dejé de tomarla en cuenta a ella y sólo me veía a mí mismo admirando sus leves ratitos de histeria y malacrianza, torcidas de ojo, celos repentinos, el mal humor mensual, comidas extravagantes e inconformidad ante la falta de oferta de las poses sexuales que ofrecía un “Kamasutra para tontos” que había comprado aquella vez que fuimos por primera vez a la playa y yo dije Dios mío, este es el mejor culo que me has podido mandar. Y agradecía yo todos los días hasta que descubrí que la tipología de Patricia era de lo más común o que yo, como por cosas del destino, tenía un ojo preferencial por las Patricias. Todas caminan y hablan igual, pensé, así que debe ser lo mismo estar ahí o aquí o allá. No estuve en su operación. No quería ver a las brujas. Llegué a la casa tarde y llamé a la clínica para ver cómo había salido, pero colgué cuando la mamá cogió la bocina. De seguro me iba a salir con que qué bolas, tanto trabajar y yo seguía siendo un asalariado de poca monta, incapaz de pagar un seguro decente que pudiera hacer la vuelta por la operación cubierta por apendicitis y diciéndole a Patricia que ahora sí, con latonería nueva, podía acceder a un mejor macho que yo, un pobre pendejo que parecía un carro chocado. Cuando fui al cuarto me di cuenta que Patricia ya me había dejado. Uno no se lleva toda la ropa o zapatos o artículos de belleza o la vajilla que nos regaló la vieja Matilde de matrimonio y que nunca usamos porque nunca vinieron invitados de talla al apartamento para una convalecencia. A los días la vi de lejos, con una blusita pegada, como una quinceañera, se veía de lo mejor, como cualquier otra carajita del Centro Comercial. Hasta el sol de hoy no me explico por qué todo me ha dado tan igual. Comments (4)
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