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    April, 2007

    Pajaritos Preñados

    Pajaritos Preñados

    150407.01

     

    Tenía un poco de calor. No tenía aún signos de resaca. Qué bueno, pensó.

    Terminó de despertar celebrando en silencio. Había valido la pena la visita al Bar Bacoas, sobre todo para él, que sólo escuchaba rock en inglés y pensaba que el reguetón era una blasfemia lastimera. Por supuesto, mejor ocuparse de lo que había que ocuparse: ¿Diana? ¿Adriana? ¿Ariadna? No importaba mientras no se despertara, pero seguro que lo haría pronto. Es decir, más le valía que se despertara, porque ya tenía ganas de ir al baño, ducharse, ser persona de nuevo, y quitarse de encima ese olor a cigarro y la sensación del ron en las encías. Pensó que los recogelatas no tienen esas preocupaciones, pero tampoco tenían su suerte, que bien podría convertirse en mala suerte, también. Dos tipos nuevos llegan al lugar, ven a tres tipas, todas están buenas y parecen dispuestas, contacto visual, sonrisita, un trago, aceptan, otro, se acercan, conversación estúpida, más conversación estúpida, ¿Diana? ¿Adriana? ¿Ariadna?, ¿qué más da?, música fuerte, ya sé que tienes cómo pagar, tranquila, y yo no soy machista tampoco, pero mis amigo sí y va a creer que tú me estás pagando los tragos a mí y entonces me va a molestar en la oficina, diciéndole a todo el mundo que soy un tacaño… Déjame pagar a mí, al menos por hoy, por favor, preferir otro lugar, el apartamento es mejor, el portón de la entrada está dañado, otra vez, hay que dejarlo abierto, buscar condones, ella tiene condones, qué suerte, tirar, una vez, dos, qué bien no tener que decir te quiero al final del polvo, nada más mirarse y ya, otra vez, y ahora a dormir, sólo que el silencio mutuo cobra su precio a su debido momento, como en ese preciso instante, en el cual parecía que ella despertaría.

    ¿Diana? ¿Adriana? ¿Ariadna?

    No hallaba su reloj, no estaba en la mesita de noche, donde siempre lo ponía. Estará por ahí, pensó. La tipa no tenía mala pinta, o pinta de tener malas mañas. Tira muy bien, se felicitó nuevamente, qué tino al elegirla. Serían las 8 o las 9, tarde para seguir en casa ajena (como para una mujer de su edad, se aclaró a sí mismo), pero seguía durmiendo, apacible, con su cabello amarillo regado por toda la cara y sobre el pecho de un tipo que no sabía ni la hora y ya le preocupaba el destino de su reloj… y el teléfono celular.

    La muchacha despertó y le miró a los ojos, que le parecieron tan raros. Negros, muy negros y grandes, y la boca y la nariz tan juntos, se le pareció a un cachorro de foca, como de documental. Hola, le dijo, y él le contestó de vuelta un ¿dormiste bien?, al cual ella sólo repuso un ahjá. Se despejó un poco los ojos, y se sentó sin decir más nada, tapándose con la sábana, pero él no pudo sino verle la espalda, cuya única señal era una marca de bronceado, pero como de no haber ido a la playa en meses. Luego pensó que ese era el tipo de tipa que, seguramente, sus panas le iban a querer robar.

    Le dijo que durmiera un poco más, que no importaba, y aprovechó de ir al baño. Lo primero que hizo fue buscar el reloj. 8 o 9, coño. Le había parecido mayor, la noche anterior, pero ahora se veía de no más de 25. Se sentó en la poceta, y casi al mismo tiempo pensó en no hacer demasiado ruido, por mera vergüenza y porque no estaría mal verla otra vez, claro, mientras la repasó mentalmente: Tetas naturales (sí, se dijo categóricamente: son naturales), sin vellos, buena piel, buen olor. ¿Diana? ¿Adriana? ¿Ariadna?, tendría que haberle preguntado, se dijo a sí mismo, pero no le parecía correcto. Luego pensó que qué carajo, igual se habían conocido la noche anterior y si se veían otra vez bien, y si no también, se paró, se terminó arreglar y salió hecho persona, de nuevo, aunque con un dolor de cabeza leve. Ella ya estaba a medio vestir y le pidió prestado el baño. Se lo ofreció y aprovechó para buscar el reloj y el celular. No los consiguió y por un momento pensó en revisar el bolso de la tipa. Claro, no para buscar objetos perdidos (se reprobó duramente por pensarla capaz de robar, así como de su propia intromisión en la cartera de alguien más) sino para saber cómo se llamaba realmente, porque ya pronto no sería más elegante (se corrigió agregando apropiado) llamarla Linda o Gorda o Flaca o Catira o Bonita. Abrió el clóset, cogió un short, una franela y un par de zapatos y cuando se le ocurrió, otra vez, hurgar en el bolso de Diana-Adriana-Ariadna ya salía ella del baño, agradeciendo tímidamente, y le pareció, esta vez, bonita, o al menos más que la noche anterior, y creyó o dudó que la gente se viera mejor recién salida del baño.

    Ambos se quedaron en silencio por un corto momento, suficiente para que él pudiera pensar en si le haría desayuno, a pesar de no recordar qué tenía en la nevera (primer signo evidente de resaca, se dijo), o más bien podrían ir a la panadería, pedir algo, pero sería otro problema, porque entonces tendrían que hablar más y él no tenía demasiadas ganas de estar hablando ni nada, pero también se sentía un poco comprometido con su ego, ya que la tipa había tirado tan, pero tan bien, y él se había sentido cómodo sin decirle mucho y porque sentía que el mérito era mucho mayor ya que no había bebido tanto: cinco rones no le hacen nada a nadie, se dijo dudando si sólo habían sido cinco, y ella le había parecido lo suficientemente sobria también, y si no es que le pidió la hora, mientras agarraba su pequeño bolso medio elegante, se habría quedado ahí, parado, pensando en pajaritos preñados y la invitó a ir a la cocina mientras preguntaba en voz alta dónde habría dejado el reloj y el celular, diciendo además que debían ser las 8 o 9, o 10, a lo mejor, a lo cual ella no repuso nada sino que le preguntó si podría darle un vaso de agua, a lo que él le respondió que sí, claro, y acto seguido buscó un vaso, le sirvió el agua y sintió unas repentinas ganas de volver al baño. Como pudo, ignorando los cólicos, la hizo devolverse a la sala, sentarse y le preguntó que qué música prefería. No tenía preferencia, le dijo, agregando que podía poner cualquier radio, que estaba bien por ella. Puesta su estación favorita, 96,9 fm, se disculpó con ella y volvió al baño. Era diarrea, fuerte. Al dolor se le agregó un pequeño factor de angustia, debido a la desaparición del reloj y el celular, que no estaban en su sitio habitual, y estaba ella, una perfecta extraña, en la sala del apartamento, posiblemente saqueando el sitio (se reprendió nuevamente ese pensamiento, qué bolas tengo, se dijo), si no que además podría haberle puesto algo en el trago y ahora él tenía esa diarrea y ese dolor. Se sobrepuso lo más dignamente que pudo y salió a la sala, donde la vio tan tranquila (tranquilidad asesina, pensó, y alargó luego tranquilidad roquera asesina, por preferir esa estación de radio), mirando unas fotos de la familia de él.

    Ella le dijo algo sobre el encuadre en una de las fotos y él le preguntó si sabía algo de fotografía, ella respondió que trabajaba como fotógrafa en un periódico en Barquisimeto, sin decirle cuál, y agregó que hacía algunos años había posado para un fotógrafo alemán, y le dijo el nombre pero él no tenía ni idea ni interés en el hombre. La vio sonreír por primera vez en la mañana y recordó que la noche anterior, 8 o 9 horas antes, o 10, ¿dónde estarían el reloj y el celular?, la había visto tan risueña con sus amigas, tomando tequila, y ahora estaba tan callada y él tampoco sabía qué hacer ni decirle hasta que ensayó la clásica fórmula de la invitación al café, a lo que ella se negó diciendo que prefería té. ¿Y ésta, será que se cree inglesa?, pensó él. No había té en la despensa, ni siquiera té instantáneo, y se disculpó, y ella le pidió una manzanilla, cosa que, por suerte, si era posible, ya que tenía alguna bolsita en algún lado. Buscó un poco, sintió ganas de ir al baño y la dejó en la cocina, a cargo de las infusiones. Quién era capaz de preferir té al café, después de todo, pensó, y sin bajarse aún los pantalones se dijo a sí mismo que podría forcejear con ella si trataba de matarlo y rió un poco imaginándosela a la salida del baño tratando de degollarlo con el cuchillo que tenía en la cocina, que era tan malo que una cebolla podía mellarlo.

    ¿Diana? ¿Adriana? ¿Ariadna?, se preguntaba mientras estaba sentado en la poceta. Un estruendo, un escándalo, incontrolable producto de los cólicos, le hizo sentirse miserable, y más aún porque esta vez ella se acercó hasta la puerta del baño y, llamándole por su nombre, le preguntó si se sentía bien.

    En ese instante la tesis de conspiración-robo-envenenamiento que involucraba a Diana-Adriana-Ariadna cobró una vigorosa relevancia, ya que mientras hablaban en el Bar Bacoas ella ya sabía su nombre, y posiblemente dirección y demás información para robarle o matarle, o ambas cosas, y entonces los cólicos se hicieron más agudos, por nervios o veneno, pensó, mientras Diana-Adriana-Ariadna le volvía a preguntar si se sentía bien o si quería que llamara a alguien. Nada de eso, dijo él, levantándose de la poceta, y agregó que no, que ya estaba mejor, mientras que del otro lado de la puerta sonaba un teléfono celular: el de ella. No pudo distinguir lo dicho en la conversación, aunque fue sonoramente risueña, porque la poceta hacía mucho ruido al bajar el agua. Salió pálido y sudoroso, visiblemente nervioso y ella se le acercó, con una actitud un poco menos impersonal y tímida, y le dijo que mejor fuera él quien se tomara la manzanilla. Luego le preguntó si podía usar ella el baño, para darse una ducha, y él palideció diciendo que sí, que por supuesto, mientras iba rápidamente de vuelta al baño para prender fósforos y usar un ambientador de lavanda que tenía para esos casos que no eran nada fuera de lo común.

    Diana-Adriana-Ariadna pasó al baño, tan linda, pensaba él, pero tan roquera y asesina, pensaba también, y mientras tanto trató de repasar mentalmente los hechos de la noche anterior, cuando se conocieron y él se le presentó sin escuchar realmente su nombre, y tampoco interesarse demasiado por las otras dos amigas restantes, que lucían tan entretenidas con su amigo. Luego un baile, el capítulo de la cuenta y el machismo, un beso, la invitación de él y la aceptación de ella para ir a otro lado y luego terminar en la cama, sin reloj ni celular porque, lo recordaba ahora, los había dejado en el asiento trasero de su carro, producto de unos tragos de ron que, reconocía ahora, no habían sido tan pocos ni tan ligeros. Y ahora eran las 8 o 9 o 10 de la mañana, coño. Al salir del apartamento, sonó nuevamente el celular de Diana-Adriana-Ariadna y ésta contestó gentilmente, pero el sonido de la ducha no le dejó tampoco esta vez saber de quién se trataba o qué decía.

    Salió al estacionamiento y, en efecto, ambos objetos estaban dentro del carro. Eran las nueve y cinco. El portón del estacionamiento aún abierto, observó para maldecir a la junta de condominio. No tenía llamadas perdidas ni mensajes de texto, y deploró su falta de convocatoria o popularidad, además de no tener saldo para llamar o pasar mensajes, en ese fin de semana largo. Sin embargo, sintió un breve lapso de alivio por el hallazgo, pero de inmediato volvió a sentir ganas de ir al baño y corrió al apartamento. Diana-Adriana-Ariadna se estaba duchando aún, al parecer, y ya el agua de la manzanilla hervía. Las ganas de ir al baño iban en aumento. Temerario, gracias a la urgencia, decidió ir donde el vecino y pedirle prestado el baño. Tocó el timbre, no hubo respuesta, volvió a tocar y ya no podía aguantar más. En eso el vecino apareció, demasiado dormido para parecer despierto, pero eso no detuvo al urgente, quien lo apartó de un nada amable manotazo que más bien era una súplica por llegar rápido al baño y que al final tuvo un desenlace satisfactorio. Mientras tanto, el invadido vecino se dispuso a prepararse un café y prender un cigarrillo para olvidar un poco el ruido que salía de su baño, cosa graciosa para él. Su vecino jamás había hecho una cosa como esa, pero podía comprender y aceptar las emergencias gástricas como cualquier otro.

    En el baño, al parecer, todo se había normalizado ya, a pesar tenido que volver a sentarse en dos ocasiones más debido a otro conato de dolor, pero, en general, se sentía bastante bien. No sabía como encarar la amabilidad de su vecino, su propia falta de consideración al no pedirle permiso, la llamada apurada, el manotón de despeje de vía, sin contar que Diana-Adriana-Ariadna estaba en el apartamento, sola, esperándolo, quizás para acuchillarlo o echar uno rapidito antes de no volverse a ver más, o ambos inclusive.

    Vio a su vecino, se disculpó por el madrugonazo, bromearon un poco, el vecino ofreció café pero recordó la diarrea y le dijo que esperara un poco mientras le buscaba algo para los cólicos. Se entretuvo un poco viendo unas revistas que estaban en el sofá mientras el vecino le hablaba desde su cuarto, sobre algo del trabajo y que requería de su ayuda, pero él no le estaba prestando atención pues seguía pensando que Diana-Adriana-Ariadna estaba sola, en su casa, en su baño, y que a lo mejor ya no quería matarlo, sino invadirle el apartamento con dolor de cabeza y todo, y llegó su vecino y, tras darle la pastilla, le mostró unos libros contables con algunos asientos corregidos a lápiz, los cuales fueron debidamente explicados con las dudas relativas al caso, pues la resaca, Diana-Adriana-Ariadna y la diarrea no le dejaban pensar claramente.

    Se despidió de su vecino y salió al pasillo, resuelto a preguntarle el nombre y si sus intenciones eran pacíficas. Así empiezan algunas guerras, se dijo. Entró al apartamento y no escuchó nada en el baño. Silenciosa asesina roquera, pensó. Se sentó en el sofá a esperarla. Podía aprovechar y llamar a su amigo, para preguntarle el nombre de Diana-Adriana-Ariadna, quien sí sabía su nombre, y pensó que qué raras son las mujeres, que pueden saber cómo se llama alguien aún con mucho ruido o mucha caña entre pecho y espalda. Se levantó y fue hasta la puerta del baño, para preguntarle cómo estaba o si necesitaba algo.

    Nadie respondió.

    Volvió a tocar. No había respuesta.

    Pensó que podría haberse muerto en el baño, todo estaba demasiado callado.

    Abrió la puerta: No había nadie. La buscó por todo el apartamento.

    Desaparecida.

    En la mesa del comedor encontró una notita, hecha a lápiz: Una disculpa, un número de teléfono, y, por fin, un nombre.

    Sonrió como por dos minutos. Mejor salía a comer algo y compraba saldo para el celular.

    Comments (3)

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    COOL COOL COOL, UN POCO LARGO PERO A LA FINAL TANNNN COOL!
    July 14
    LO SUBJETIVO ME INVADE CUANDO TE LEO ....... ERES TAN TU, TAN NOSOTROS, TAN GENIAL!! YEAH!
     
    Apr. 25
     Buena paranoia mi pana, me metiste en la pelicula y me hiciste desesperar. Perfecto. Me encanto
    Apr. 15

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